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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 297

Sin importarle la expresión de ofendida indignación en el rostro de Zacarías, Gabriela alzó la voz para llamar a Octavio y al resto del equipo.

—Si ya descansaron, vengan, hay que seguir trabajando.

Al escuchar la orden, todos se levantaron y caminaron hacia la estación base.

Al ver que Zacarías seguía estorbando en medio, Axel, el técnico, le dio un toque en el hombro.

—Con permiso, amigo. Tenemos trabajo que hacer.

Zacarías se hizo a un lado con la cara larga, pero sus ojos no se apartaron de Gabriela ni por un segundo.

Ella simplemente lo ignoró y se sumergió en su labor.

El equipo no se detuvo hasta que el sol empezó a ocultarse.

En el camino de regreso, Clara volvió a sacar el tema.

—Consultora, ¿qué quería ese tal Zacarías al mediodía? Vi que a usted se le descompuso la cara y él se fue bastante molesto.

Gabriela no tenía ganas de hablar del sujeto, así que lo resumió en una frase.

—Tengo mis serias dudas sobre la opinión que tiene Diego de ese hombre.

Apenas habían cruzado unas cuantas palabras, eran unos perfectos desconocidos.

Y, aun así, él se había atrevido a acercarse sin ningún tipo de límite para soltarle discursos machistas y retrógrados. Esa no era la actitud de una persona "dispuesta a ayudar a los demás".

—La próxima vez que lo veas, mantén tu distancia —le aconsejó a Clara.

—Hecho. Desde el primer minuto supe que ese tipo era raro —asintió su asistente.

Al acercarse al hostal, Gabriela distinguió a lo lejos una pequeña figura cubierta de polvo esperando pacientemente.

Al ver a Gabriela, los ojos de la niña se iluminaron y corrió hacia ella.

—Oiga, Consultora, ¿esa no es Mila? —Clara también la reconoció de inmediato. Después de todo, era la única niña en todo el pueblo que siempre andaba cubierta de tierra.

—¡Mila! —Gabriela sonrió cálidamente y le hizo un gesto con la mano.

La pequeña, emocionada, aceleró el paso y en un par de segundos estaba frente a ella.

Sin decir una sola palabra, Mila extendió sus manitas hacia Gabriela, ofreciéndole un puñado de pequeñas frutas silvestres.

Gabriela miró las frutas sorprendida.

—¿Son para mí?

La niña asintió vigorosamente.

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