Enzo despertó de su trance, tomó el teléfono y contestó la llamada.
—Profesor Jara, ya es muy tarde. ¿Dónde estás? ¿A qué hora vas a volver a casa? —se escuchó la voz de Jimena a través del auricular.
Al escucharla, una extraña sensación de disonancia se apoderó de él.
Durante los últimos siete años, ese tipo de llamadas nocturnas siempre habían sido de Gabriela. La voz al otro lado de la línea siempre había sido la suya.
Enzo se acomodó en el asiento y se aflojó la corbata con una mano.
—Estoy tomando algo con Daniel. Llegaré tarde, así que acuéstate, no me esperes.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que Jimena respondiera suavemente:
—Está bien, pero no tomes demasiado.
Al colgar, Enzo se recostó contra el respaldo del sofá de cuero. Con la copa en la mano, daba pequeños sorbos, ausente.
Daniel notó su actitud y le habló en tono serio.
—Enzo, ahora estás con Jimena. Es una buena mujer y deberías valorarla.
Enzo le dio otro trago a su bebida.
—Sé que Jimena es buena. El que está mal soy yo.
Después de todo, fue él quien, bajo los efectos del alcohol, se había sobrepasado con ella. Era su deber moral hacerse cargo de la situación.
Daniel lo miró de reojo, le palmeó el hombro y tanteó el terreno.
—Gabriela es parte del pasado. Ya no deberías pensar en ella.
Escuchar el nombre de Gabriela fue como encender un interruptor en el interior de Enzo.
Dio un trago largo a su copa y la golpeó con fuerza contra la mesa de cristal.
—No estoy pensando en ella. Ya estamos divorciados, ahora somos unos completos extraños.
—¿De verdad lo ves así? —preguntó Daniel, clavándole la mirada.

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