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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 278

Apenas Gabriela salía de la clínica cuando recibió una llamada de Sofía Paredes.

La chica acababa de terminar sus exámenes de ingreso a la universidad, se sentía libre como un pájaro, y había conseguido dos pases para el buffet de un hotel de cinco estrellas. Moría por ir, pero no tenía con quién.

Como último recurso, decidió intentar su suerte y llamar a Gabriela.

Como no tenía planes para esa noche y llevaba tiempo sin ver a la chica, Gabriela aceptó con gusto.

Aún faltaba bastante para la hora acordada, y regresar a casa solo para salir otra vez era una pérdida de tiempo. Así que decidió ir a una librería cercana al hotel.

Eligió varios libros con la intención de llevárselos a las montañas la próxima semana.

Al salir, viendo que todavía tenía tiempo de sobra, pensó en sentarse a leer en la librería. Pero siendo fin de semana, el lugar estaba abarrotado.

Sin encontrar ni una silla vacía, tomó sus libros y caminó directamente al hotel.

Llegó al bar del lobby, pidió algo de tomar y se instaló en una mesa apartada para leer en paz.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que una suave fragancia llegó a su nariz. Por el rabillo del ojo, notó a una joven muy bien arreglada sentándose en una mesa a escasos metros de la suya.

Cuando el mesero se acercó, la joven miró la bebida de Gabriela y sonrió.

—Quiero lo mismo que está tomando ella, por favor.

Gabriela levantó la vista y ambas cruzaron miradas. Supuso que la chica también estaba esperando a alguien.

Le dedicó un leve asentimiento acompañado de una sonrisa amable, y volvió a sumergirse en sus páginas.

En la entrada del hotel, Daniel Jiménez caminaba arrastrando los pies. Por el teléfono, su madre, Marisol Jiménez, le soltaba un sermón de campeonato.

—¡Ya no eres un niño! ¡Mírate, hasta el idiota de Enzo Jara se divorció y ya consiguió otra, y tú sigues sin una pareja estable! ¡No me importa qué excusa tengas, hoy vas a esa cita a ciegas! ¡Y si no vas, te olvidas de que tienes madre!

—¡Sí, ya entendí, mamá! —Daniel tenía el ceño tan fruncido que parecía que le dolía la cabeza. Caminaba a paso de tortuga por el lujoso lobby del hotel, acercándose al bar.

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