¡Qué nivel de capacidad analítica se requería para encontrar en tan poco tiempo la salida que ni siquiera un genio como Matías Moreno pudo ver!
Al pensar en esto, Héctor sintió que se ahogaba.
Una ola de arrepentimiento tan densa y oscura lo invadió que se quedó sin aire, incapaz de articular una sola palabra.
—Enzo... —Viviana bajó el brazo, se enderezó en la silla y miró a su hijo fijamente—. ¿Qué relación tiene Gabriela con el Instituto de Investigación Aranda? Hoy escuché que el presidente de Intelectra no paraba de llamarla directora. ¿Directora de qué?
Al escuchar la pregunta, Jimena agarró el dobladillo de su falda por instinto.
Su corazón dio un vuelco.
Enzo no notó la tensión de la mujer a su lado. Respiró hondo y habló.
—En realidad, Gabriela es la nueva directora del centro de investigación y desarrollo del Instituto Aranda.
La respuesta golpeó a Viviana como un balde de agua helada. Se quedó petrificada, con los ojos desorbitados, en estado de shock.
—¿Estás diciendo que ella es...? —Héctor, presa de la agitación, estuvo a punto de perder el equilibrio y tuvo que apoyarse en la vitrina—. Enzo, ¿me estás diciendo que la única persona que puede salvar a tu empresa de la ruina es Gabriela?
Enzo guardó silencio y asintió.
Por más increíble que pareciera, esa era la cruda realidad.
A Héctor se le cortó la respiración. Miró a su hijo, atónito.
—¡¿Y por qué no nos dijiste nada?!
Aunque la rueda de prensa del instituto se había manejado con mucha discreción por cuestiones de confidencialidad, sí habían circulado noticias en los círculos empresariales.
Y Enzo había estado en ese evento.
Si el presidente de Intelectra pudo reconocer a Gabriela a primera vista esa misma tarde, significaba que Enzo, sin lugar a dudas, también la había visto en la rueda de prensa.

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