Ya que él era el culpable de la situación, no tenía ningún derecho a negarse.
Lo que nunca imaginó fue que Jimena sacaría las actas de matrimonio públicamente en la oficina.
Y mucho menos que diría lo que acababa de decir. Esas palabras sonaban tan mezquinas, muy impropias de la Jimena siempre inocente y radiante que él conocía.
Con ese pensamiento rondándole la cabeza, Enzo la miró con una expresión insondable.
La vio guardar las actas de matrimonio en su bolso con una sonrisa cuidadosa, como si no fueran simples papeles, sino algún tesoro invaluable.
Al levantar la vista, sus ojos seguían igual de cristalinos. Inclinó un poco la cabeza y le preguntó, confundida:
—¿Pasa algo?
—Nada —respondió Enzo, bajando la mirada, sintiéndose culpable por haber tenido malos pensamientos sobre ella.
Jimena era claramente la víctima; no sabía nada sobre las relaciones entre hombres y mujeres.
Lo que acababa de decir probablemente se le escapó sin pensar, sin ninguna mala intención detrás.
O tal vez, simplemente se sentía insegura. Después de todo, para ella, este matrimonio no había comenzado de la mejor manera.
Con esto en mente, el remordimiento de Enzo hacia Jimena creció aún más. Se volvió hacia Daniel.
—Será mejor que Jimena y yo vayamos juntos. Ella domina la parte técnica y podrá ayudarme.
Aunque Daniel realmente quería ir, no insistió más y aceptó con una sonrisa.
—De acuerdo, vayan ustedes. Así me ahorro tener que madrugar.
Dicho esto, se dio la vuelta para salir riendo. Sin embargo, al llegar a la puerta, se detuvo.
Se giró y les dijo con total sinceridad:
—Enzo, Jimena, felicidades por su boda. ¡Que sean muy felices! Cuando hagan la fiesta, les daré un regalo enorme.

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