Justo cuando Enzo levantó su copa para servirse otro trago, Daniel finalmente notó que algo andaba mal y lo detuvo por el brazo.
—Enzo, ya has bebido suficiente por hoy, déjalo ya.
Incluso los socios comerciales con los que cenaban se dieron cuenta de su actitud inusual.
—Así es, Director Jara. Hoy solo vinimos a relajarnos un poco, no hay necesidad de beber de esa manera.
Enzo agitó la mano, indicando a los presentes que estaba bien.
Y técnicamente lo estaba, pero sentía una presión asfixiante en el pecho. Era como si tuviera un nudo atorado que no subía ni bajaba.
Ni él mismo sabía cómo describir esa sensación.
Era algo que jamás había experimentado en sus treinta y tres años de vida.
Y en ese momento, descubrió de golpe que el alcohol solo le daba vueltas a la cabeza, pero no anestesiaba ni aliviaba ese malestar.
Al darse cuenta de que Daniel y el resto de la mesa lo miraban con preocupación, Enzo respiró hondo.
Dejó la copa y se puso de pie, tambaleándose un poco.
—Voy a salir a tomar algo de aire.
Sin decir más, caminó hacia la salida de la sala.
—Enzo... —murmuró Daniel, desconcertado. No entendía qué le pasaba a su amigo.
Era la primera vez que lo veía en ese estado.
Normalmente, sin importar lo difícil que fuera la situación, Enzo siempre era el más sereno de todos.
Ahogar las penas en alcohol era algo impensable en él.
Preocupado, Daniel decidió seguirlo.
Enzo había salido solo al jardín interior del restaurante. El sonido del agua cayendo sobre las rocas y la suave neblina decorativa le daban al lugar un aire de elegancia clásica.
Pero Enzo no tenía cabeza para admirar el paisaje. Se quedó de pie bajo el corredor techado, sintiendo un vacío inmenso en el alma.
—Enzo, ¿qué demonios te pasa? —preguntó Daniel, acercándose hasta quedar a su lado.
Enzo no respondió a la pregunta. En su lugar, pidió algo más.
—¿Tienes un cigarrillo?
Daniel parpadeó, sorprendido.

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