En este momento, al ver los ojos furiosos de Enzo, las manos de Jimena temblaban de pánico y su garganta se cerró.
—Pro... Profesor Jara... —tartamudeó.
—¿Cuándo trajo Gabriela los papeles del divorcio? —preguntó Enzo con voz grave, apretando el documento con tanta fuerza que parecía a punto de hacerlo trizas.
Jimena quiso resistirse, pero al encontrarse con la mirada implacable de él, terminó respondiendo con voz temblorosa.
—Fue... fue la noche de ese viernes en que el instituto canceló la visita de campo...
Enzo recordó esa noche. Debido a que la colaboración con el instituto había sido cancelada, tuvo que salir a buscar una alternativa urgente. Esa velada, él y Daniel Jiménez se reunieron con un amigo banquero de inversiones y bebieron hasta muy tarde.
También recordó que Yolanda lo había llamado esa misma noche para avisarle que Gabriela había regresado a casa.
Así que había sido entonces. Esa noche, Gabriela le había dejado los papeles del divorcio.
Y él no se había enterado de absolutamente nada, ocupado como estaba planificando el viaje de integración al centro vacacional con Jimena para el día siguiente.
Peor aún, cuando se encontró con Gabriela en el muelle del complejo y ella intentó advertirle de buena fe sobre el peligro de salir al mar, él la había tratado con crueldad y la había corrido del lugar.
Resultaba que, en ese preciso instante, Gabriela ya no tenía ninguna relación con él...
Ella no estaba celosa, ni estaba haciendo un berrinche sin sentido; genuinamente había intentado advertirle por amabilidad.
De pronto, sintió que los papeles de divorcio que sostenía pesaban una tonelada. Su brazo se sintió inmensamente pesado y un nudo se le formó en el pecho.
—Esa noche, te pregunté claramente a qué había venido Gabriela. ¿Qué fue lo que me respondiste? —exigió Enzo, apretando los nudillos—. ¡¿Por qué no me dijiste la verdad?!
Jimena retrocedió un paso, aterrada, y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—Profesor Jara, lo siento, yo... Vi que en esos días estaba corriendo de un lado a otro por los problemas de la empresa y que su estado de ánimo era muy malo. Me preocupaba mucho y no quería sumarle más dolor, así que escondí los papeles... Pensé que, una vez que las cosas se estabilizaran y usted estuviera de mejor humor, se lo diría... No quise engañarlo... Solo me preocupaba por usted...
Mientras hablaba, las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Jimena. Su cuerpo frágil se estremecía mientras sollozaba sin consuelo, ahogándose en su propio llanto.

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