Al ver su propia foto en el acta de divorcio, Enzo sintió que un frío paralizante comenzaba a treparle desde las puntas de los dedos hasta el pecho.
—¡Yolanda! ¡Yolanda!
Yolanda, que ya estaba asustada por cómo había salido corriendo, lo había seguido de cerca. Al escuchar sus gritos desesperados, se apresuró a buscarlo.
Pensó que lo encontraría en su propio estudio, pero se llevó una sorpresa al verlo en el de Gabriela.
Los ojos del hombre estaban inyectados en sangre y sus labios temblaban.
—Yolanda... ¿qué significa esto? —exigió saber.
Cuando Yolanda vio lo que Enzo tenía en las manos, casi se va de espaldas.
—¿Qué es eso? ¿Un acta de divorcio? ¿De quién es...?
Pero al acercarse y ver claramente la foto y el nombre de Enzo impresos en el papel, abrió los ojos como platos. El nivel de sorpresa era absoluto.
—¡Yo no sé nada, señor! ¿Lo encontró en el estudio de la señora? Yo casi nunca entro a limpiar aquí, y además... ¡la señora lleva muchos días sin venir a la casa!
De pronto, un chispazo iluminó la memoria de Yolanda y habló atropelladamente:
—¡Un momento, no! La señora sí vino hace unos días. Dijo que venía a dejar algo. Yo había salido al mercado, así que la señorita Jimena estaba sola en la casa. Cuando regresé, la señora ya se estaba yendo.
Yolanda recordaba perfectamente ese día. Venía cargando las bolsas de las compras cuando se topó con Gabriela en la puerta del jardín.
En ese momento, pensó que la señora por fin había entrado en razón e incluso intentó convencerla de que pasara a la casa.
Pero Gabriela se negó y solo le dijo unas palabras de despedida, pidiéndole que se cuidara.
Como Yolanda tenía prisa por hacer la comida, no le dio más vueltas al asunto.
—¿Acaso... acaso la señora trajo el acta de divorcio ese día? —Yolanda miró a Enzo, atónita. Simplemente no le cabía en la cabeza que Gabriela realmente hubiera tenido el valor de divorciarse de él.
Enzo apretó el acta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Clavó la mirada en la fecha de emisión del documento.
Era exactamente el mismo día que los representantes del instituto fueron a inspeccionar Heraldo.
De pronto, todos los recuerdos del pasado reciente lo asaltaron como un maremoto.
Resulta que cuando ella le dijo: «Tú solo firma, yo me encargo del resto»...
Lo decía completamente en serio.
Y él, creyendo que todo era un patético teatro para llamar su atención, había firmado los papeles sin siquiera leerlos.

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