Tomó un libro al azar de la estantería y, al abrirlo, se dio cuenta de que estaba escrito íntegramente en francés.
Él no era un experto en el idioma, pero sabía lo suficiente como para defenderse, así que hojeó las páginas con cierta curiosidad.
Recordó que una vez Gabriela recibió un paquete enorme.
En aquella época ella todavía estaba aprendiendo a cocinar con Yolanda, por lo que Enzo asumió que simplemente estaba despilfarrando su dinero en tonterías de cocina que nunca iba a usar.
Pero al abrir las cajas, descubrió que estaban repletas de libros, y casi la mitad de ellos estaban en idiomas extranjeros.
¿Qué fue lo que le dijo esa vez?
Ah, sí... que solo quería «darse aires de intelectual».
Mientras los recuerdos lo asaltaban, terminó de hojear el libro casi sin darse cuenta. Justo cuando iba a cerrarlo, encontró una página en blanco al final, completamente cubierta de notas.
Estaban escritas en francés. Línea tras línea, impecables, fluidas, con una caligrafía perfecta.
Reconoció la letra de Gabriela al instante.
Enzo se quedó mirando fijamente aquella página que apenas lograba descifrar, y sintió un golpe brutal directo en el pecho.
Guardó el volumen y tomó otro libro de la repisa. Este estaba en alemán.
A diferencia del anterior, este libro tenía notas y apuntes de Gabriela en los márgenes de casi todas las páginas.
Enzo no entendía ni una sola palabra de alemán. Sacó su teléfono, le tomó una foto a una de las páginas para traducirla, y descubrió, con estupor, que se trataba de un tratado sumamente complejo sobre mecánica cuántica.
Pasó las hojas, una por una, observando las densas anotaciones, y su corazón empezó a martillear con fuerza.
De pronto, recordó con claridad el rostro iluminado y emocionado de Gabriela el día que recibió todas esas cajas.
Y también recordó cómo esa luz se apagó cuando él le lanzó su despectivo «darse aires de intelectual».
Recordó que ella se quedó congelada un segundo, antes de responderle con total firmeza: «Los voy a leer todos».

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