Karina se sorprendió. —¿Parece que se llevan bien?
—Sí, Poncio y Manuela son muy sencillos y su trato es impecable. Especialmente con Nereo, son un encanto.
—Qué bien. Se podría decir que después de tanto sufrir, por fin te llega algo bueno.
Poco después de que terminaran de hablar, Nereo se despertó en la cama.
Abrió los ojos y, todavía medio dormido, dijo: —Madrina.
Karina sonrió, contenta, y le acarició la cabecita calva. —Vine a verte. Eres un hombrecito muy valiente, cooperando con tu tratamiento todos los días. ¡Muy bien hecho!
Nereo sonrió.
Una vez vestido, el pequeño preguntó por iniciativa propia: —Mamá, ¿ya podemos ir a ver a los abuelos? El abuelo dijo que hoy me compraría muchos, muchos juguetes.
Vilma, que le estaba sirviendo agua, preguntó con curiosidad: —¿De verdad? ¿Eso te dijo el abuelo ayer?
—¡Sí, sí! —asintió el pequeño.
Karina suspiró. —Parece que a este niño ya se lo ganaron. Bueno, vayan a divertirse. Yo me voy a casa a descansar.
—De acuerdo, adiós.
Después de despedir a su amiga, Vilma esperó a que su hijo terminara de beber agua y buscó de nuevo el número de Palmiro.
—Cariño, vamos a llamar primero al tío para preguntarle si es un buen momento, ¿de acuerdo?
Como a Vilma le daba vergüenza hablar con Palmiro, le pidió a su hijo que lo hiciera.
El pequeño, sin entender las intenciones de su madre, asintió enérgicamente.
Marcó el número. Después de unos tonos, contestaron. Del otro lado se escuchó la voz grave y autoritaria de Palmiro.
—Diga, señorita Aguayo.
—Tío, voy a ir ahora a jugar con los abuelos, ¿es un buen momento? —dijo Nereo con su voz clara y aguda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente