—¡Pues transfiérelo ya! En cuanto me pases el dinero, tu madre bajará —le exigió Sandro, extendiendo la mano, tan ansioso que parecía querer arrebatarle el teléfono para hacerlo él mismo.
Vilma sintió un frío que la hizo temblar. Miró fijamente a su padre durante unos segundos. Tenía mil acusaciones en la punta de la lengua, pero al final, se quedó en silencio.
No servía de nada decir algo. A sus ojos, ella era un cajero automático al servicio de su preciado hijo.
Al sacar el teléfono, respiró hondo.
—Esta es la última vez. En el futuro, no importa en qué lío se meta su hijo, no volveré a involucrarme ni a dar un centavo más.
—¿Y si no lo haces tú, quién lo hará? Es tu hermano. La hermana mayor debe cuidar del menor. ¡Es tu deber! —continuó Sandro, descaradamente.
Un oficial a su lado no pudo soportarlo más y volvió a intervenir:
—Ese dicho aplica cuando los padres han muerto. ¿Acaso ustedes no están vivos? Y tan jóvenes, ¿ya están exprimiendo a su hija para mantener a su hijo?
—Oficial, ¿qué está diciendo? ¡Puedo denunciarlo por esto! —lo amenazó Sandro con agresividad.
Vilma transfirió el dinero y dijo con el rostro inexpresivo:
—Ya está transferido. Tengo cosas que hacer, me voy.
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue sin perder un segundo.
Sandro miró su teléfono, rebosante de alegría, y le hizo señas a su esposa gritando:
—¡Baja ya, llegaron los cuatrocientos mil! Esa mocosa terca sí que tenía dinero, pero tuvimos que hacer este ridículo para que lo soltara.
Al oírlo, Uliana sonrió de oreja a oreja. Los bomberos, temiendo que resbalara y cayera, se apresuraron a ayudarla, pero ella los apartó de un empujón.
—¡Estoy bien, estoy bien!
Mientras bajaba, vio la espalda decidida de su hija y la llamó repetidamente:

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