Salvador lo atrapó al vuelo, lo abrió y sus ojos se abrieron como platos.
—¡Caray, no puede ser! Vaya probabilidad… —Aunque ya se lo imaginaba, ver la prueba negro sobre blanco lo dejó atónito.
—¿Sabes que si decido proceder, podrías enfrentar consecuencias legales por esto? —Palmiro era abogado y no pudo evitar asustar a su amigo.
Salvador se estremeció y lo miró.
—No me digas que de verdad me vas a meter a la cárcel, hombre.
—¡Ganas no me faltan!
Salvador sí que sintió un poco de miedo, pero confiaba en que su amigo no lo haría.
—Palmiro… pues tienes razón, me equivoqué. Excepto por meterme a la cárcel, lo que sea que quieras hacerme, lo acepto —dijo Salvador, admitiendo su culpa, aunque por dentro estaba increíblemente emocionado.
Pero Palmiro estaba hecho un lío y volvió a guardar silencio.
Un buen rato después, viendo que se había calmado un poco, Salvador se sentó a su lado y preguntó con cautela:
—¿Cómo te enteraste? Y… ¿cuántos años tiene? ¿Es niño o niña?
Palmiro le lanzó una mirada gélida que lo hizo encogerse y callar.
—El niño tiene casi tres años. Es un niño. Tiene leucemia y está internado en el hospital provincial materno-infantil, en el mismo piso que mi madre, pero en otra área. Nos lo encontramos por casualidad. Es idéntico a Norberto de pequeño.
Palmiro resumió toda la historia con la mayor brevedad y precisión posible.
Salvador, al escucharlo, se quedó de nuevo boquiabierto.
—Así que era eso… Con razón me pediste que investigara si la muestra de Norberto había sido usada. Desde el principio sospechaste que el niño era suyo.
—No —dijo Palmiro—. En ese momento no sabía de la existencia del niño. Si no, habría hecho la prueba de ADN mucho antes.
—Ah… —Salvador tenía mil preguntas, pero al ver la cara de Palmiro, no se atrevió a ser demasiado chismoso.
Se centró en lo importante:

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