Era una solicitud de llamada de voz de Ricardo.
Su corazón se desbocó y, mientras sostenía el teléfono, un torbellino de pensamientos cruzó su mente.
¿Se habría dado cuenta Ricardo de que le había mentido?
¿O acaso Olivia y Samuel habían empeorado?
Karina, que estaba jugando con el niño, notó que el teléfono no dejaba de sonar y que Vilma no contestaba. Se giró con curiosidad.
—¿Por qué no respondes? —Al instante, se percató de la extraña expresión en el rostro de su amiga—. ¿Qué pasa? ¿Quién te está llamando?
Karina se asomó para ver la pantalla y frunció el ceño.
—¿Quién es ese tal señor López?
Vilma reaccionó.
—Kari, quédate con Nereo. Voy a salir a tomar esta llamada.
—Ah, claro —respondió Karina, pero al verla salir con tanta prisa, no pudo evitar preguntar con preocupación—: ¿Estás bien? ¿Quién es ese hombre en realidad?
Vilma no contestó. Salió y cerró la puerta tras de sí.
En el pasillo, Vilma miró la pantalla, que todavía mostraba la llamada entrante. Respiró hondo y finalmente contestó.
—Hola, señor López.
—Señorita Aguayo, disculpe que la moleste de nuevo en fin de semana —dijo Ricardo, siempre tan educado y cortés.
La última vez que había contactado a Vilma de improviso también había sido en fin de semana, justo una semana antes.
—No se preocupe. Dígame —respondió Vilma. A pesar de la confusión y el nerviosismo que sentía, mantuvo un tono amable.
—Verá, no pude contenerme y… le conté a mi madre sobre usted. Le dije que había una chica que se parecía mucho a mi tía Olivia. En principio, le pedí que no le dijera nada a Olivia, pero mi madre tampoco pudo guardárselo, así que…
Ricardo sabía que, si todo resultaba ser un error, el problema que le causaría a ella sería considerable.
Por eso, su voz sonaba entrecortada y llena de remordimiento.
Vilma entendió.
La tía de Ricardo, Olivia, ahora sabía de su existencia.
Para una madre que busca a su hija desaparecida, cualquier posibilidad, por pequeña que sea, cualquier pista, es algo a lo que aferrarse.

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