Últimamente, Uliana había estado viviendo en la miseria. Desesperada, incluso había ido a buscar a Facundo Zurita.
Fue él quien le contó que Vilma se había liado con el abogado que la ayudó en el juicio y que estaban a punto de casarse.
Uliana se quedó de piedra, y con envidia, maldijo la buena suerte de esa mocosa.
En ese momento, mientras escuchaba las quejas y lamentos de Uliana, Vilma actuó como si fueran el zumbido de una mosca, sin decir una palabra.
Inicialmente, Palmiro había planeado ir a cenar a otro lugar en coche, ya que no había restaurantes decentes cerca del hospital.
Pero al encontrarse con Uliana, cambió de opinión y buscó un restaurante en las inmediaciones.
El lugar no era de alta categoría, pero al menos tenía salones privados.
Entraron en uno, se sentaron y Palmiro tomó el menú. Antes de que pudiera siquiera mirarlo, Uliana se lo arrebató de las manos.
—Ustedes me invitan a cenar, así que, por supuesto, yo pido la comida.
Como si fuera una refugiada en medio de una hambruna, Uliana ojeó el menú y rápidamente pidió siete u ocho platos.
Vilma frunció el ceño. —¿Llevas mucho tiempo sin comer?
Uliana le lanzó una mirada de reojo sin decir nada y, al final, le pidió al mesero que añadiera una canasta de bollos de crema.
Vilma entendió y dijo con sarcasmo: —¿Piensas llevarte lo que no te comas, verdad?
La cara de Uliana se tiñó de vergüenza. No dijo nada, pero era obvio que Vilma había acertado.
El mesero salió y cerró la puerta.
Vilma miró a Uliana, sentada frente a ella, y la observó detenidamente. Una oleada de tristeza volvió a invadirla.

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