Al oír su amenaza, Vilma no pudo evitar sonreír.
—Está bien, lo entiendo. De ahora en adelante, no te ocultaré nada.
Se lo prometió solemnemente. Por eso, a las tres de la tarde, cuando vio a Quico salir apresuradamente del departamento, le envió un mensaje a Palmiro de inmediato.
[Quico ha salido. Supongo que Ricardo ya llegó.]
Como el viaje de Ricardo no era por trabajo, no era conveniente que se reunieran en la oficina.
Las paredes oyen, y si algún colega escuchaba algo, el rumor podría extenderse y causar problemas.
Palmiro estaba en una reunión con un cliente. Vio el mensaje y respondió brevemente:
[Si no quieres verlo, no le hagas caso. Pasaré por ti al salir del trabajo.]
Vilma no quería hacerle caso, pero no lograba concentrarse en el trabajo.
Ricardo había venido desde muy lejos; seguro que no se iría sin verla.
Sospechaba que no podría irse sin más al terminar su jornada.
Con el alma en un hilo, esperó hasta las cinco de la tarde. Cuando se acercaba la hora de salida, su teléfono sonó de repente.
Estaba tan nerviosa que el timbre la hizo dar un respingo.
Miró la pantalla y vio que era Doña Manuela.
Esa mañana, como tanto ella como Palmiro tenían que ir a trabajar y Nereo decía que extrañaba a sus abuelos, el chófer lo había llevado a su casa.
—Hola, madrina…
—Vilma —dijo Doña Manuela con preocupación—. Nereo tiene fiebre. Vamos de camino al hospital. Cuando tú y Palmiro salgan de trabajar, vengan para acá.
Al oír que su hijo tenía fiebre, Vilma se angustió de inmediato.
—¿Cómo está Nereo? ¿Es fiebre baja o alta? ¿Tiene algún otro síntoma?
Vilma se sentía terriblemente culpable.

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