Por un momento, pensaba en el beso de Palmiro; al siguiente, en que, al regresar, vivirían juntos.
No supo en qué momento se quedó dormida, pero en cuanto lo hizo, empezó a soñar. Y, de nuevo, era un sueño erótico.
Esta vez, el hombre en su sueño tenía un rostro claro y definido.
Era Palmiro.
Además, el contenido del sueño era extremadamente explícito y audaz. La escena no tenía lugar en casa, ni en una cama, sino en un coche.
Estaban en el asiento trasero, en un torbellino de pasión, mientras Iker, de nuevo, vigilaba afuera.
La pasión del sueño aún no había terminado cuando la alarma del celular sonó.
Se despertó de golpe y sacó el teléfono de debajo de la almohada. Eran las seis en punto.
Miró a Gema, que seguía profundamente dormida.
Para no despertarla, Vilma no encendió la luz. Usando solo la linterna del celular, fue al baño a lavarse la cara y los dientes.
Antes de terminar, le llegó un mensaje de Palmiro.
[Estamos por llegar al hotel. ¿Ya te levantaste?]
[Casi lista. Bajo en un momento.]
Ni siquiera fue al baño. Se apresuró a tomar su maleta y cerró la puerta con cuidado.
En el elevador, aprovechó el espejo para aplicarse un poco de labial y mejorar su aspecto.
Antes no era una persona tan detallista, preocupada por verse bien al salir.
Supongo que es cierto lo que dicen: una se arregla para la persona que le gusta.
Justo cuando Vilma salía por la puerta giratoria del hotel, el lujoso coche de Palmiro llegó.
Iker bajó del vehículo. —Buenos días, señorita Aguayo.
—Buenos días. Gracias por las molestias —Vilma le entregó la maleta y subió al coche.
Palmiro la vio y una leve sonrisa se dibujó en su atractivo rostro.
—Hoy también bajó la temperatura en Ciudad Brisamar. ¿No tienes frío con tan poca ropa?
Vilma se miró. Solo llevaba dos prendas.

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