Al salir del restaurante, Iker ya los esperaba con el auto listo.
El corazón de Vilma latía con fuerza, sin saber a dónde irían después.
Cuando llegaron al vehículo, contuvo su agitado pulso y preguntó en voz baja: —¿Vas a volver a tu hotel?
Palmiro, que caminaba detrás de ella, respondió con otra pregunta: —¿Tú qué quieres hacer?
El corazón de Vilma, ya acelerado, pareció desbocarse con esa respuesta. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda y un zumbido en los oídos.
—Yo… ya son casi las dos de la mañana. Obviamente, quiero volver a dormir.
En realidad, una pequeña parte de ella sentía una extraña expectación, pero la mayor parte estaba dominada por el nerviosismo y la incertidumbre.
Así que, lógicamente, lo más sensato era regresar a su propio hotel.
Palmiro no dijo nada y simplemente subió al auto detrás de ella.
Sin embargo, Iker se giró y les hizo la misma pregunta. —Jefe, ¿a dónde vamos ahora?
Vilma aguzó el oído, esperando la respuesta del hombre a su lado.
Palmiro se acomodó en el asiento y suspiró. —Llévala a su hotel.
—Entendido.
Vilma no dijo nada, pero sintió un alivio inmediato.
Sin embargo, tras ese alivio, una punzada de decepción, producto de aquella extraña expectación, se deslizó silenciosamente por su mente.
Había pensado que, si había venido desde tan lejos en plena madrugada, era para que cumpliera con su parte del trato.
—Cancela tu boleto de tren de mañana —dijo de repente el hombre a su lado, interrumpiendo sus pensamientos confusos.
Ella se sobresaltó y se giró bruscamente. —¿Cancelar el boleto? ¿Qué quieres decir?
¿Acaso quería que se quedara con él durante su viaje de negocios?
Pero Nereo estaba solo en casa…
—Tu boleto es para el mediodía, llegarías a casa por la noche —explicó Palmiro—. Cancélalo y ven conmigo. Tomaremos el tren de las ocho de la mañana y estaremos en Celestia a las dos de la tarde.
—Pero si cuando compramos los boletos hoy, ya no quedaba ninguno para la mañana. ¿Cómo conseguiste…? —Vilma estaba sorprendida.
—Señorita Aguayo, reservamos toda la cabina de clase ejecutiva del tren de las ocho de la mañana. Hay asientos de sobra —intervino Iker.
Vilma se quedó sin palabras.
Tras unos segundos de silencio, miró al hombre que descansaba cómodamente en el asiento. —Licenciado Carmona, usted sí que no escatima en gastos.
Un asiento en clase ejecutiva costaba más de dos mil pesos, y él había reservado la cabina entera.
Palmiro sonrió con desdén. —Eso no es nada.
Equivalía apenas a un boleto de primera clase en avión.
Si no fuera porque el mal tiempo había afectado los vuelos, habrían regresado juntos en primera clase, lo que habría sido aún más caro.
De hecho, hasta habían ahorrado dinero.
Vilma, al escuchar su comentario, asintió y murmuró para sí misma: —Soy yo la que piensa en pequeño. Para usted, licenciado Carmona, esa cantidad es lo que gasta en un par de comidas.
Todavía no se acostumbraba a la vida de lujos y seguía haciendo el ridículo.

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