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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 285

Vilma frunció los labios, mientras las orejas se le ponían rojas. —Simplemente no quería que nadie me viera… —murmuró.

Palmiro la miró de reojo, conteniendo su mal humor.

Si hubiera sabido que viajaría hasta aquí solo para que lo recibieran con este genio, no habría venido.

El silencio se apoderó del auto y la tensión aumentó. Vilma, sintiendo la atmósfera opresiva, sabía que él estaba molesto, así que se giró de nuevo para mirarlo.

—Tampoco es mi culpa. Vienes de viaje de negocios y ni siquiera me avisas. Anoche mismo hablamos por videollamada un buen rato. Esta visita sorpresa tuya fue demasiado… —Vilma rompió el silencio, quejándose con voz débil.

Palmiro se enderezó, se ajustó el saco y respondió con frialdad: —¿No estoy haciendo lo mismo que tú? Fuiste de viaje y tampoco me lo dijiste.

—Sabía que dirías eso —murmuró Vilma.

—Entonces, ¿para qué preguntas? —replicó él directamente.

Iker, al volante, sentía que sudaba frío.

Su jefe era increíble. Claramente la extrañaba, había conducido a toda velocidad en plena noche para verla, y ahora que estaba con ella, la trataba así.

Quiso intervenir, pero temió que, si abría la boca, él sería el siguiente en recibir una reprimenda, así que prefirió quedarse callado.

El silencio volvió a reinar en el auto.

Palmiro seguía molesto por el vergonzoso momento en que ella lo había empujado de vuelta al coche, mientras que Vilma no dejaba de preguntarse qué pasaría esa noche.

Cada uno perdido en sus pensamientos, ninguno de los dos hablaba.

Iker miró varias veces por el retrovisor. El coche deambulaba sin rumbo fijo. Después de un rato más, se armó de valor y preguntó: —Jefe, ¿regresamos al hotel o a dónde nos dirigimos?

Ya habían reservado un hotel antes de venir.

Estaba un poco lejos de allí, a media hora en coche.

Palmiro era muy exigente con la comida y el alojamiento.

Ese hotel era uno de los más lujosos de Ciudad Brisamar; siempre se hospedaban allí cuando venían por trabajo.

Iker no sabía cuáles eran las intenciones de su jefe, si planeaba llevar a la señorita Aguayo a pasar la noche allá, así que no tuvo más remedio que arriesgarse y preguntar.

Su pregunta rompió el silencio sofocante del auto.

Tanto Palmiro como Vilma soltaron un suspiro de alivio, sintiendo que la presión en el pecho disminuía.

Palmiro pensó que no tenía sentido discutir con una mujer. Después de ese respiro, su humor mejoró y se giró para ver a Vilma.

—¿Tienes hambre? —preguntó en voz baja.

Vilma notó el cambio en su estado de ánimo y, por supuesto, aprovechó la oportunidad para calmar las aguas. Asintió. —Un poco…

En realidad, la cena había sido abundante y estaba satisfecha. No tenía hambre.

Pero temía que, si decía que no, Palmiro la llevaría directamente al hotel.

El hombre miró la hora en su reloj de pulsera y frunció ligeramente el ceño. —Ya es de madrugada. Vayamos a tomar una sopa.

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