Y, de hecho, las cosas sucedieron tal como Palmiro había predicho.
En el hospital, Facundo estaba furioso después de que le colgaran el teléfono.
Odilia le preguntó cómo había ido, pero él la ignoró y se puso a llamar a sus amigos.
Sin embargo, en cuanto oían que necesitaba dinero, todos lo rechazaban sin dudarlo.
Al fin y al cabo, sabían que estaba al borde de la bancarrota; prestarle dinero era tirarlo a la basura.
Cuando tenía dinero, todos se decían hermanos, eran uña y carne.
Ahora que no tenía, con que no le pusieran el pie encima ya era ganancia. ¿Cómo iban a soltar un centavo?
Mientras él se topaba con una pared tras otra, una enfermera salió para apurarlos a pagar la cuenta, advirtiéndoles que si se demoraban más, el paciente podría no sobrevivir.
Odilia, desesperada, daba vueltas en círculos.
—Hermano, ¿qué más da firmarle un pagaré a Vilma? ¿Qué es más importante, tu orgullo o la vida de papá? Ya no tenemos a mamá, ¿quieres perder también a papá?
Estas palabras calaron en Facundo. Miró a su hermana con la vista perdida.
La enfermera los apremió:
—¿Van a salvarlo o no?
—¡Sí! ¡Claro que sí! —respondió Odilia, y luego instó a Facundo—. ¡Hermano! Llámala rápido, ahora mismo es la única que podría prestarnos el dinero.
Facundo apretó los dientes con fuerza y volvió a marcar el número de Vilma.
Mientras tanto, Vilma, al ver el nombre en la pantalla, miró asombrada a Palmiro:
—Además de abogado, ¿también estudiaste psicología?
Palmiro sonrió con elegancia.
—Algo así. Si no entiendes la naturaleza humana, ¿cómo esperas ganar un caso?
Era cierto. Vilma asintió, admirando una vez más su carisma personal.
Dejó que el teléfono sonara un poco antes de contestar:

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