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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 219

Palmiro, una vez más, se mostró reacio. —Tampoco es que no pueda vivir sin ella.

Salvador sonrió con picardía y bromeó lentamente: —Vamos, ¿por cuál mujer te has interesado en todos estos años? Y ahora mírate, dejas de lado el trabajo, la acompañas a comer aun estando herido y hasta haces que tu chofer la lleve a la oficina. Después de todo eso, ¿todavía te haces el duro?

Pensando en sus palabras, Palmiro apretó los labios, sin replicar.

En realidad, lo que le molestaba no era solo la actitud de Vilma, sino también su propia ira por ser tan «impulsivo e inmaduro».

Tal como había dicho su amigo, nunca en todos estos años se había interesado tanto por una mujer.

Desde pequeño, siempre había sido extremadamente calmado y racional, incluso considerado una «máquina sin sentimientos» a los ojos de los demás.

Durante la adolescencia, cuando los chicos de su entorno se rebelaban y tenían sus primeros amores, él pensaba que eran unos estúpidos.

Pasaban el día entero enredados en amoríos, desperdiciando tiempo y energía en complacer a las chicas, sirviéndolas como si fueran sus esclavos.

Cuando se hizo adulto y los hombres a su alrededor comenzaron a casarse, pensó que eran unos insensatos.

Siempre con un «mi esposa» en la boca. Cuando las cosas iban bien, todo era miel sobre hojuelas; pero cuando la relación se rompía, se destrozaban mutuamente.

En todos los casos de divorcio que había llevado a lo largo de los años, las parejas terminaban deseando apuñalarse.

Por eso, hacía tiempo que había visto a través del amor y el matrimonio.

Le gustaba la vida sencilla, la sensación de tener el control.

Y las mujeres, a su parecer, eran sinónimo de problemas.

Pero a pesar de ser tan impenetrable, cayó en el cliché sin darse cuenta, convirtiéndose en el tipo de persona que más despreciaba.

No sabía desde cuándo, pero la tenacidad en los ojos de Vilma, la fiereza de una madre protegiendo a su cría, e incluso la vulnerabilidad que a veces mostraba, fueron como agujas finas que, silenciosamente, perforaron la barrera de calma que había construido durante años.

Y todo en un lapso de tiempo muy corto.

Para cuando se dio cuenta, el lago tranquilo de su corazón ya estaba lleno de ondas, y la sombra de ella se había instalado en su resquebrajado corazón.

Pero aun así, se resistía, negándose a creerlo.

Hasta ese momento, en que su amigo le desveló sus pensamientos cara a cara, obligándolo a enfrentarlos con honestidad.

Salvador lo conocía demasiado bien. Al verlo con el rostro serio, en silencio, mientras las emociones en sus ojos cambiaban una y otra vez, suspiró y dijo: —Deja de negar lo que sientes. Ya tienes una edad, ¿qué tiene de malo que te guste una mujer? Es solo enamorarse, no es que te vaya a costar la vida.

Palmiro volvió en sí y dijo con un tono indiferente: —Me temo que podría ser peor que eso.

—No lo será —Salvador sonrió para tranquilizarlo—. No pienses que las mujeres son tan terribles. Además, por lo que vi de la señorita Aguayo, no parece ser del tipo de persona que busca problemas sin razón.

Antes de que Palmiro pudiera responder, su teléfono sonó dos veces.

Al ver el ícono que parpadeaba en la pantalla, su mirada se ensombreció.

—Mira, a las mujeres les encanta mandar mensajes a cada rato. Qué infantil —dijo, quejándose mientras tomaba el teléfono.

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