Al pensar en esto, el corazón de Vilma no pudo evitar acelerarse de nuevo.
—Señorita Aguayo, ¿por qué no come? —le recordó Salvador en voz baja al verla ensimismada.
Palmiro también la miró.
Sabía que Vilma estaba un poco aturdida en ese momento, con la cabeza llena de ideas, y probablemente con ganas de levantarse y salir corriendo. No pudo evitar culpar en silencio a su buen amigo por haberse presentado sin ser invitado.
—Oh, sí estoy comiendo. Tu tío cocina muy bien —dijo Vilma, volviendo en sí y ofreciendo un cumplido cortés.
Pero también era la verdad.
No sabía con qué ingredientes estaban hechos los platillos que comía, pero se deshacían en la boca, y su maravilloso sabor fue toda una revelación para ella.
Estar con Palmiro realmente le abría los ojos en muchos aspectos.
Salvador miró a su amigo y le lanzó una mirada que solo los hombres entienden.
Quería decir: «Esta chica no está nada mal».
Palmiro le devolvió una mirada fulminante.
Salvador sonrió, sin darle mucha importancia, y continuó charlando con Vilma.
—Apenas ayer me enteré de que Palmiro estaba herido. Iba a ir al hospital a verlo, pero me dijo que estaba ocupado. No esperaba encontrarlo aquí hoy —dijo Salvador, que era muy conversador.
De repente, Vilma recordó la llamada que Palmiro había recibido en el coche el día anterior y continuó la conversación: —Sí, ayer por la tarde me acompañó a resolver algunos asuntos.
—Oh, ¿así que te acompañó a todos lados a pesar de estar herido? —la sonrisa de Salvador era muy sugerente.
Vilma se quedó helada al escuchar eso.
Su corazón, ya de por sí nervioso y confundido, pareció saltarse un latido.
¿Qué quería decir?
¿Acaso era lo que estaba pensando? ¿Que Palmiro le había dicho algo a este tal Salvador?

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