Vilma la ignoró y siguió dando instrucciones a los trabajadores.
—Llévense también esta cajonera.
Aunque la mansión que le regalaron los Carmona no carecía de nada, no podía desprenderse de estos objetos que había elegido con tanto esmero.
Además, no pensaba aceptar sin más todo lo que la familia Carmona le había dado.
Cuando Nereo se curara y tuviera tiempo para otras cosas, definitivamente compraría una casa nueva.
En ese momento, estos muebles y electrodomésticos le serían útiles.
Al ver que la ignoraba, Nélida la sujetó del brazo.
—¡Vilma, te estoy hablando!
El tirón le afectó la lesión de la espalda. Su rostro se contrajo de dolor y se giró con una expresión gélida y sombría.
Nélida sabía que estaba herida y se asustó al ver su cara.
—Nélida, ¿no regresaste con él por su dinero? Ahora que no tiene nada, ¿por qué sigues pegada a él? ¿O es que de verdad te volviste a enamorar? —dijo Vilma con sarcasmo.
Nélida frunció los labios y respondió con descaro:
—Ahora no tiene nada. Si hasta yo lo abandono, ¿cómo va a sobrevivir? No soy como tú, tan cruel y desalmada, a la que no le importa si vive o muere.
—Vaya, vaya. Si no te conociera desde hace tantos años, hasta te creería.
Vilma la desenmascaró sin rodeos:
—Seguro es porque todavía no has encontrado a alguien mejor. De lo contrario, te importaría su vida menos que a mí.
—Caray…
—Señorita Aguayo, llegó el agente inmobiliario —la interrumpió Fiona cortésmente, justo cuando Nélida estaba a punto de estallar.
Vilma se giró y vio a dos agentes a punto de entrar.
Pero Jenaro fue más rápido. Se interpuso en el camino de los dos agentes y les gritó:
—¡Largo! ¡No vendemos la casa! ¡Lárguense de aquí!
Los guardaespaldas podían impedir que los Zurita entraran, pero no podían taparles la boca.

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