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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 163

—No fue a propósito —respondió Vilma con cara seria, con una justificación impecable—. Ya estás grande y todavía te haces esos peinados. En invierno, es muy fácil que el pelo se enrede con la ropa.

Al oír esto, Uliana se enfadó aún más: —¿Por estar grande ya no puedo arreglarme? Te lo digo, es porque tú no te arreglas, te dejaste ver como una fodonga, por eso Facundo se fue con la zorra esa de la calle.

Vilma, al escuchar ese argumento tan absurdo, soltó una risa fría.

—La culpa es claramente del hombre, ¿por qué me la echas a mí? A un basura como Facundo, ojalá alguien lo hubiera reciclado por mí hace mucho.

—¡Sigue haciéndote la dura! Ya veremos qué clase de hombre consigues para tu segundo matrimonio.

—¿Y por qué tengo que volver a casarme? ¿No puedo ser una mujer soltera, rica y libre?

—Tú... —Uliana miró fijamente a su hija, con el pecho subiendo y bajando por la ira.

—Vilma, has cambiado. Antes nunca me hablabas así —soltó Uliana de repente, después de un momento de silencio.

Vilma respondió sin expresión: —Me golpearon hasta fracturarme la espalda y mandarme al hospital, ¿y esperas que los trate como antes? El simple hecho de que te reciba ya es un acto de gran piedad filial.

—¿Tú, piedad filial?

Uliana iba a seguir regañándola, pero Vilma extendió la mano para cerrar la puerta. —Sal, necesito usar el baño.

Uliana tuvo que callarse y retroceder.

Pero al alejarse unos pasos, más lo pensaba y más se enfadaba.

En el fondo, no quería venir al hospital a cuidar de Vilma, pero al pensar que su esposo y su hijo todavía estaban en la estación de policía y que hoy mismo los trasladarían al centro de detención, se sentía como una hormiga en una sartén caliente.

En el baño, Vilma se sentó en el inodoro y miró el cabello enrollado en su dedo.

El folículo estaba intacto. Perfecto.

Envolvió el cabello en un pañuelo de papel y lo guardó con cuidado en el bolsillo de su ropa.

Cuando salió del baño, Uliana no se acercó a ayudarla, y ella tampoco insistió. Se apoyó en la cintura y caminó lentamente de regreso a la cama.

Uliana estaba sentada a un lado, enfurruñada.

Al ver que su hija salía y se acostaba sola, bufó: —¿No que no podías caminar? Para mí que lo estás fingiendo todo para que tu padre y tu hermano terminen en la cárcel.

Vilma ya había conseguido lo que quería y no tenía ganas de tenerla cerca. Dijo con indiferencia: —Si finjo o no, el peritaje judicial lo demostrará. Si de verdad no quieres cuidarme, no te obligo.

Uliana se levantó de golpe, con ganas de irse de inmediato. —¡Tú lo dijiste!

Pero se quedó quieta un segundo, apretó los puños y se contuvo.

No, por su esposo y su hijo, ¡tenía que aguantar!

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