—Como si Palmiro fuera el verdadero padre de Nereo.
Esa idea fugaz la sorprendió y la hizo estremecerse.
«Vilma, Vilma, ¡qué cosas te atreves a pensar!»
Él era bueno con Nereo por ser el hijo de su hermano. ¿Cómo podía ella ser tan atrevida y desear que se convirtiera en el padre de Nereo?
Aunque, la verdad, a Nereo le encantaría que él fuera su papá.
Si… solo si, algún día, ella y Palmiro estuvieran juntos, entonces Nereo se convertiría legalmente en su hijo.
Pero, ¿pasar de sobrino a hijastro no iría en contra de las normas sociales?
Por un lado, Vilma se repetía que no debía fantasear, pero por otro, no podía evitar dejarse llevar por la imaginación, llegando incluso a visualizar una escena de ellos tres como una familia feliz.
Lamentablemente, la vocecita de su hijo la despertó de su ensoñación.
—Oye, mami, ¿aún no te has dormido? —preguntó con curiosidad el pequeño, a quien Palmiro traía en brazos después de lavarlo, al verla con los ojos muy abiertos y la mirada perdida.
Vilma volvió en sí bruscamente, sintiéndose culpable al mirarles.
—No, todavía no… Dormí por la tarde, no tengo sueño ahora —respondió Vilma a su hijo con una sonrisa, evitando mirar a Palmiro.
Palmiro depositó al niño recién aseado directamente en la cama.
—Acuéstate ya, no te vayas a resfriar.
Nereo se metió bajo las sábanas y, girándose hacia Vilma, sonrió. —Mami, mi tío prometió contarme un cuento ahora.
¿Qué? La sonrisa de Vilma se congeló.
El gran heredero de la familia Carmona, el mismo Palmiro que derrotaba a sus oponentes en los tribunales con su elocuencia, ¿iba a contarle un cuento a un niño de tres años?
Palmiro se dio la vuelta y salió de la habitación. Vilma aprovechó la oportunidad para intentar convencer a su hijo.
—Cariño, el tío trabaja muy duro. Duérmete ya, no le hagas contarte un cuento.
—No, él me lo prometió.

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