Vilma estaba confundida. —¿Eso también sirve como prueba?
—Esos actos podrían constituir otro delito: extorsión amparada en el vínculo familiar —explicó Palmiro de forma concisa y contundente, luego la miró—. Si se demuestra, la sentencia de tu padre no comenzaría en tres años.
Palmiro observó su reacción y, tras una pausa, continuó: —Así que la decisión es tuya. Si quieres que pase más tiempo en la cárcel, entrégame todas las pruebas.
Vilma lo miró fijamente, sin palabras por un momento.
Esto era algo que no esperaba.
Durante años, había sido víctima del chantaje emocional de sus padres, hasta el punto de que casi le habían lavado el cerebro, haciéndole creer que era natural y justo que los hijos dieran dinero a sus padres. Nunca había imaginado que, al cruzar cierto límite, eso podría constituir un delito.
—Abogado Carmona, necesito pensarlo —dijo Vilma tras una breve reflexión.
Tenía una idea en mente.
Dado que tanto su amiga como Palmiro dudaban de que fuera hija biológica de sus padres, Vilma quería hacerse una prueba de ADN.
Si el resultado confirmaba que sí era su hija, entonces tendría que considerar, hasta cierto punto, los lazos familiares y la moral.
Después de todo, sus padres la habían traído al mundo y la habían criado. Ahora que tenía los medios y una buena situación económica, meterlos a ambos en la cárcel por dinero parecería un acto desalmado.
Pero si resultaba que no era hija biológica de la familia Aguayo, entonces la historia era completamente diferente.
En ese caso, tendría que averiguar quiénes eran sus verdaderos padres, cómo llegó a la familia Aguayo y por qué Sandro y Uliana nunca se lo habían contado.
Quizás, incluso podría desvelar una verdad mucho más grave.
Y entonces, sería la ley la que decidiera el castigo que Sandro merecía.

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