Facundo no respondió; era evidente que no quería ninguna de las dos opciones.
El principal problema era que no esperaba que Palmiro pudiera rastrear los bienes que había transferido al extranjero con seis meses de antelación.
Si renunciaba a todo ahora, se quedaría literalmente sin nada.
Y además, con una deuda: pagar a Vilma anualmente una cantidad por el valor de las acciones.
¿No significaba eso que no solo había trabajado en vano todos estos años, sino que además tendría que seguir trabajando para Vilma durante los próximos años?
No podía tragarse esa humillación.
Al ver que no se decidía, el oficial de policía le aconsejó de nuevo amablemente:
—Señor Zurita, permítame recordarle que, incluso si cumple los quince días de arresto, eso no garantiza que ganará el juicio. Con las pruebas de violencia doméstica que tenemos registradas aquí, en la policía, tiene la batalla perdida. Si no me cree, puede preguntarle a su abogado. No estoy exagerando.
Facundo miró a Ireneo a su lado.
Ireneo se inclinó hacia él y le susurró:
—Acepta. Al menos conservarás la empresa. Hablaré con Palmiro para que te extienda el plazo de pago y te dé la oportunidad de recuperarte. Si esto llega a juicio y dividen las acciones de tu empresa, la demandante pasará a ser accionista y podrá participar en las decisiones de gestión. Si ella quiere perjudicarte, podría hundir tu compañía por completo.
Facundo lo miró fijamente, con una expresión de sorpresa e incredulidad.
Ireneo asintió.
—No te estoy mintiendo.
Aunque lo dijo en voz baja, la sala estaba en silencio y todos los presentes pudieron oírlo.
Vilma tuvo la sensación de que Ireneo también la estaba ayudando discretamente.
Probablemente por respeto a Palmiro.
Al oír esto, Nélida no pudo contenerse y se irguió.
—Pero si van a juicio, al menos podría quedarse con una parte de los bienes matrimoniales, ¿no? ¿Por qué tiene que darle todo a Vilma ahora?

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