—Hola, Sr. Carmona.
Al otro lado de la línea, la voz grave de Palmiro preguntó:
—¿Tienes tiempo hoy a mediodía? La policía nos informó que Facundo quiere verte. Dice que quiere renegociar el divorcio.
Vilma entendió de inmediato.
—¿Acaso quiere usar el acuerdo de renunciar a todos sus bienes a cambio de que le quiten la detención administrativa?
El día anterior, cuando Jenaro y su hija armaron el escándalo en el hospital, eso fue exactamente lo que Palmiro les propuso al final: si querían evitar la sanción administrativa, Facundo debía aceptar renunciar a todo. Aunque en ese momento Odilia se indignó y gritó que era imposible, no era de extrañar que hubieran cambiado de opinión al volver a casa.
Después de todo, pasar quince días en un centro de detención no era algo que cualquiera pudiera soportar.
Además, Facundo tenía una empresa que dirigir. Desaparecer durante quince días podría causarle pérdidas incalculables.
Pero lo más importante era su orgullo y su reputación. Si pasaba medio mes detenido, todos sus familiares, amigos y socios comerciales se enterarían. Una vez que su reputación quedara por los suelos, ¿cómo podría seguir adelante? ¿Cómo podría hacer negocios y cerrar tratos?
Tras sopesarlo, seguramente Facundo decidió que era mejor sacrificar sus bienes para salvar el pellejo. Como dice el dicho, “mientras hay vida, hay esperanza”.
—No estoy seguro de que sea por eso, pero lo sabremos cuando vayamos —respondió Palmiro.
—De acuerdo, tengo tiempo al mediodía.
Tras colgar, Vilma dejó de pensar en el asunto de Quico y se apresuró a volver a su escritorio para concentrarse en su trabajo.
En realidad, Vilma había acertado. Facundo, ese desgraciado, había recapacitado y quería cambiar su libertad por sus bienes. La razón era simple.
Según la ley, una vez que la policía emitía una orden de detención administrativa, la persona era enviada al centro de detención en un plazo de 24 horas. Y una vez dentro, era muy difícil anular o modificar la sanción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente