—De acuerdo, lo entiendo. Gracias, doctor.
El médico observó el rostro de Vilma y frunció el ceño. —¿Y qué le pasó en la cara, señorita Aguayo? ¿Ya la atendieron?
En ese momento, a Vilma no le importaba su propio rostro. —Son solo rasguños, no es nada grave —respondió agradecida.
Cuando el médico y la enfermera se fueron, Vilma abrazó a su hijo, conteniendo las lágrimas.
Nereo la abrazó de vuelta. Sabiendo que su madre estaba triste, intentó consolarla: —Mamá, ¿verdad que fui muy valiente? Deberías felicitarme.
Vilma respiró hondo para calmarse, se apartó un poco y, tomando suavemente el rostro de su hijo, afirmó: —Nereo, fuiste increíblemente valiente. ¡El mejor!
Nereo miró el rostro herido de su madre y, con sus manitas, le acarició las mejillas.
—Mamá, ¿fue papá quien te pegó, verdad? Te escuché hablar con la tía Jacinta...
Vilma no quería que el niño se involucrara en los problemas de los adultos, así que forzó una sonrisa. —Mamá está bien, ya no me duele. No te preocupes, Nereo.
—Mamá, ya no queremos a ese papá, ¿verdad?
Vilma miró el rostro inocente pero decidido de su hijo y asintió. —De acuerdo. Como tú digas, Nereo. Ya no queremos a ese papá.
—Mamá, yo sigo queriendo que Palmiro sea mi papá. A ti te gusta, ¿verdad? —El pequeño volvió al tema, tirando del brazo de su madre con ternura.
Vilma no sabía si reír o llorar. —Cariño, no es tan sencillo como crees.
—Pero Jacinta dice que me parezco a él, que soy su hijo y que tarde o temprano lo sabremos.
La expresión de Vilma se congeló. —¿Jacinta te dijo eso?
—¡Sí, sí!
Vilma no dijo nada, pero una sensación de malestar creció en su interior.
Llevaba años empleando a Jacinta y nunca le había faltado al respeto ni le había pagado mal.

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