Esa reacción emocional superaba claramente la que se esperaría de un abogado.
El oficial que le había tomado la declaración a Vilma se levantó y le entregó un documento.
—Abogado Carmona, así que la señorita Aguayo es su clienta. Justo a tiempo, ya terminamos con la declaración. Esta es la orden para la evaluación de lesiones. Usted conoce el procedimiento, así que no necesito darle más detalles.
Palmiro tomó el documento y asintió. —Gracias.
Se giró hacia Vilma. —Vamos, a la evaluación forense.
—Sí —respondió Vilma, sintiéndose como una niña regañada frente a él. Se levantó y lo siguió.
Apenas habían dado dos pasos cuando Nélida, que esperaba sentada, se puso de pie de un salto.
—¡Oficial! ¿Por qué ella se puede ir? ¡Hizo una denuncia falsa y nos difamó! ¿No va a tener consecuencias?
Palmiro se detuvo en seco y la miró por encima del hombro.
La afilada y aterradora intensidad de su mirada hizo que Nélida temblara y retrocediera instintivamente.
—¡Cállese y compórtese! —le espetó un policía—. Es su turno. ¡Adentro, a declarar!
El oficial tiró de las esposas de Nélida, arrastrándola hacia la sala de interrogatorios.
En ese momento, Nélida se acobardó y le suplicó al oficial con cara de lástima: —Oficial, tengo una hija de dos años en la guardería. Ya casi es hora de recogerla.
—Tendrá que esperar a terminar la declaración. Pídale a un familiar que la recoja.
—No puedo, oficial. Soy madre soltera, no tengo a nadie más...

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