Facundo le lanzó una mirada gélida a Vilma y se dio la vuelta para regresar a la habitación. Al poco rato, salió empujando una maleta grande.
Los días anteriores, cuando Facundo se había mudado, no se había llevado todas sus pertenencias.
Pensaba aprovechar el fin de semana para volver a recoger algunas cosas.
Nélida había dejado a su hija en la guardería y, como tenía tiempo libre, insistió en acompañarlo.
Facundo pensó que, como Vilma estaría en el hospital con el niño y no en casa, no había problema en llevar a Nélida con él.
Pero cuando Nélida vio la increíble casa en la que vivían, no pudo evitar sentir celos.
Al ver lo acogedora y ordenada que estaba la habitación principal, y que la cama era de una marca de lujo, se dejó llevar por un impulso y empezó a provocar a Facundo, diciéndole que quería probar su cama.
Así fue como Vilma terminó por sorprenderlos en pleno acto.
Cuando la pareja pasó junto a Vilma arrastrando la maleta, Nélida se detuvo para provocarla una vez más: —La futura dueña de esta casa seré yo, así que volveré.
Vilma se rio con frialdad. —¿En serio? A mí me parece que tu futuro hogar será la cárcel.
—Caray...
Justo cuando Nélida iba a responder con un insulto, Facundo la tomó por la cintura. —Neli, vámonos ya.
Temía que la policía llegara en cualquier momento.
A Nélida no le quedó más remedio que poner los ojos en blanco, y ambos se dirigieron a la entrada.
De repente, el celular de Vilma, que estaba en el suelo, empezó a sonar, bajó la mirada y vio que era Palmiro.
Justo cuando se agachaba para recogerlo, Facundo y Nélida abrieron la puerta.
Sin embargo, afuera había varios policías que levantaban la mano, a punto de tocar el timbre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente