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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 786

Diego pronunció la cifra arrastrando las palabras, escupiéndolas entre los dientes.

¡Todo el salón estalló en un frenesí absoluto!

¡Noventa y nueve millones novecientos noventa mil!

¡Esa cifra sobrepasaba por completo el valor real del collar!

Valeria, presa del pánico, tiró disimuladamente de la manga de Diego y susurró:

—Diego, ¿no... no crees que es demasiado?

—Esto supera por mucho lo que vale. ¿Qué pasa si Amaya no sube la apuesta...?

Diego reaccionó de golpe, sintiendo cómo una capa de sudor frío le perlaba la frente.

Acababa de darse cuenta de que, sumando todo el dinero que tenía en sus cuentas, no llegaba a esa cantidad en efectivo.

El pánico se apoderó de su pecho.

Todas las miradas de la sala estaban fijas en Amaya.

Nadie deseaba más que Diego volver a escuchar esa voz serena subiendo el precio.

Pero, contra todo pronóstico, Amaya simplemente bajó su paleta con un movimiento suave.

Cuando el presentador gritó por tercera vez y golpeó el martillo, el trato quedó sellado.

Diego sintió una sacudida, como si le hubiera caído un rayo.

En ese instante, comprendió que había vuelto a caer en su trampa.

Amaya nunca tuvo la intención de comprar ese collar.

Ella solo había inflado el precio para dejarlo en ridículo.

Con todo perdido, Diego se dejó caer en su silla, pálido y empapado en sudor frío.

Valeria, por su parte, estaba emocionada, hasta que Diego se acercó a su oído y murmuró:

—Valeria, ¿tienes cincuenta millones en tu cuenta?

Valeria creyó haber escuchado mal y lo miró sorprendida.

—¿No... no tienes el dinero?

La sonrisa se le congeló en el rostro; la emoción de hace unos segundos se vino abajo.

En ese momento, Valeria sintió como si hubiera tragado bilis; tenía un nudo en el estómago que le revolvía las entrañas.

Si fuera la Valeria de siempre, se habría negado en rotundo y habría salido caminando con indignación.

Pero sabía que si hacía eso, Diego se distanciaría aún más de ella.

Un collar de casi cien millones y Diego estaba dispuesto a poner la mitad... Viéndolo fríamente, seguía siendo un gesto generoso.

La culpa era de Amaya por haber inflado el precio de forma tan ruin, no de Diego.

A fin de cuentas, aún no eran nada oficial; esperar que él desembolsara semejante cifra de un solo golpe era pedir demasiado.

Tratando de convencerse a sí misma, Valeria apretó los dientes y forzó una sonrisa:

—Está bien. Yo pongo los cincuenta millones y tú pones el resto.

Diego soltó un suspiro de alivio interior...

Al ver que Amaya y Romeo ya se dirigían a la salida, se levantó de su asiento.

Iba a seguirlos, pero de repente, un joven de traje se interpuso en su camino y, extendiendo la mano con formalidad, le indicó:

—Usted es el señor Muñoz, ¿cierto? Por aquí, por favor. Nuestro señor Benítez desea verle.

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