Alzó la mano y, sin mediar palabra, lanzó un fuerte golpe directo al abdomen de Romeo.
Romeo, en realidad, aún conservaba parte de su lucidez.
Había escuchado con absoluta claridad cada palabra de la conversación.
Al sentir la ráfaga de aire acercándose de golpe, Romeo abrió los ojos casi al instante y, por puro instinto, le agarró la muñeca a Diego.
Habló de manera apresurada y con un toque de alarma en la voz:
—Diego, ¿qué clase de broma es esta?
Diego lo miró a los ojos con total frialdad y esbozó una sonrisa cargada de desprecio:
—Esos trucos tuyos tal vez te funcionen con otras personas, pero conmigo... ja.
Diego se sintió bastante orgulloso de sí mismo.
Tal como lo había previsto, todo salió a la luz.
Era evidente que Romeo tenía intenciones ocultas; fingir estar ebrio no era más que una artimaña para ganar la compasión de Amaya y quedarse a solas con ella.
Bah, hombres...
Una ola de repugnancia atravesó a Diego. Se giró hacia Amaya y arqueó una ceja:
—¿Lo ves?
Señaló a Romeo con un dedo—. Este tipo estaba fingiendo su borrachera todo el tiempo.
Los labios de Amaya temblaron en silencio mientras un torbellino de emociones la asaltaba.
Las palabras que Diego acababa de pronunciar...
De golpe, transportaron a Amaya a aquella noche durante el viaje al campo, la noche en que todo comenzó.
En aquel entonces, él era el jefe inalcanzable, y ella no era más que una diseñadora asistente haciendo sus prácticas en el Grupo Muñoz, que estaba perdidamente enamorada de él en secreto.
Por lógica, sus caminos nunca debieron cruzarse.
Aquella noche, ella y otros compañeros de trabajo lo habían acompañado a una cena. Al salir del baño, se lo topó recargado contra la pared.
De buena fe, decidió ayudarlo y llevarlo hasta su habitación.
En ese momento, ella hizo exactamente lo mismo que Diego acababa de hacer por Romeo.
Le quitó los zapatos y el abrigo, buscó agua para limpiarle el rostro y las manos, y lo cubrió con la sábana.
La furia se desató en el interior de Amaya como una estampida de caballos desbocados.
Así que toda esa supuesta hombría y sentido del deber en los que ella creía, desde el inicio no habían sido más que tácticas baratas de un hombre que finge estar tomado para manipular a una mujer.
Qué estupidez eso del destino.
Todo había sido una maldita trampa.
Una ola de asco interminable le revolvió el estómago.
Y, como si el destino quisiera jugar con ella, Diego, al ver que Amaya no reaccionaba, decidió echar más leña al fuego:
—Amaya, ¿quieres que le dé una paliza por ti a esta basura de hombre?
—Si no hubiera estado aquí esta noche, quién sabe qué te habría hecho.
Amaya apretó las muelas con fuerza:
—Sí, es un verdadero asco.
Los ojos de Diego brillaron y una sonrisa empezó a asomarse en sus labios.
Pero justo en ese instante, ¡Amaya levantó la mano y le asestó una bofetada estruendosa y brutal en pleno rostro!

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