—¡Cuidado!
Exclamó Romeo, extendiendo los brazos por instinto y atrapando a Amaya por la cintura.
Amaya levantó la vista, topándose con los ojos profundos y llenos de preocupación de Romeo.
Instintivamente, intentó tirar del pie, pero el tacón estaba atascado con tanta precisión que, al jalar, el zapato se quedó ahí y su pie salió volando.
—¡Ay!
Al perder el equilibrio, Amaya cayó de lleno contra el pecho de Romeo.
Volvió a percibir ese suave y embriagador aroma a pino que él desprendía. Era como las notas de fondo de un buen perfume o el aroma a incienso de un guardarropa impecable, algo que la hacía sentir extrañamente a salvo.
El ascensor comenzó a emitir un pitido de advertencia.
Amaya miró su pie descalzo y luego el zapato, inmóvil en el riel de la puerta. Se puso roja de vergüenza.
Frustrada, murmuró:
—Qué horror. Si hubiera sabido, jamás me habría puesto estos tacones. Me odian, lo juro.
Romeo se rió suavemente al escuchar su queja. Su voz sonó cálida:
—Apóyate en la pared primero.
Amaya obedeció, soltándose rápidamente del abrazo y apoyando una mano en el muro del ascensor.
Romeo se agachó de inmediato. Con sus dedos largos y hábiles, tomó el zapato y lo movió suavemente de un lado a otro hasta liberarlo de la ranura.
Amaya se inclinó, dispuesta a ponérselo ella misma.
Pero, para su sorpresa, Romeo la tomó con delicadeza por el tobillo y deslizó el tacón en su pie.
Amaya era alta, y sus manos y pies tenían proporciones elegantes.
Su piel era radiante, de una textura suave y hermosa. Sus uñas, perfectas y brillantes aunque no llevaban esmalte, parecían de porcelana. Era un pie verdaderamente hermoso.
Era la primera vez que Romeo observaba el pie de una mujer con tanta cercanía.
—No me asustaste. Solo pensaba en lo hermosa que eres, en cada detalle.
Amaya: ...
Desde que Romeo había reaparecido tras unos días de ausencia, sentía que estaba actuando muy extraño. ¿Acaso estaba coqueteando con ella?
Pero al cruzar su mirada, notó que su expresión era honesta y seria. Era un cumplido genuino, no una insolencia barata.
La mirada de Romeo se detuvo un instante más en su tobillo pálido, y en su mente apareció la imagen de una tobillera de rubíes que había visto en una subasta.
Ese rojo intenso resaltaría maravillosamente sobre su piel de porcelana.
Había estado pensando qué regalarle por el premio que acababa de ganar, y de pronto, ya tenía la respuesta.
Romeo apartó la mirada con discreción, conteniendo la ola de emociones en su interior, y miró su reloj:
—Vámonos. Te llevaré a cenar a otro lado, un lugar que te va a encantar.

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