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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 745

Diego respiró hondo y finalmente tomó una decisión. Habló por el teléfono:

—De acuerdo, voy para allá.

Tras colgar, arrojó la tarjeta de su habitación sobre la mesa, tomó su maleta y salió de aquel espacio asfixiante sin mirar atrás.

El ascensor anunció su llegada con un suave campanilleo, abriendo sus puertas directamente en el último piso.

Apenas salió, vio a Vera esperándolo. Llevaba un vestido de dormir de seda negra con tirantes delgados, cubierto descuidadamente por una bata del mismo material. Su cabello ondulado caía suelto sobre sus hombros y algunos mechones rozaban su tez luminosa, emanando la calidez y sensualidad de alguien que acababa de salir de la ducha.

—¡Diego, por fin llegaste! ¡Te estuve esperando todo este rato!

Al verlo, sus ojos se iluminaron de alegría y su voz sonó tan dulce y suave que derretiría a cualquiera.

Diego la miró con severidad, manteniendo la compostura:

—¿Por qué estás vestida así?

—¡Es... es mi ropa para dormir!

Vera, un poco desconcertada por el reproche, se mordió el labio inferior y respondió con un tono coqueto—. Cuando estuve recuperándome en casa me vestía así, ¿no lo recuerdas? Ay, Diego, no tienes por qué preocuparte por esas cosas.

Diego desvió la mirada, recuperando su habitual tono distante:

—No quería molestarte, pero tuve problemas con mi reserva. Me dieron una habitación estándar y de verdad no soporto quedarme en un lugar así.

—¡Lo entiendo perfectamente! ¡No tienes que darme explicaciones, Diego!

Con un entusiasmo desbordante, Vera se adelantó para tomar el saco que él llevaba en la mano, entrelazó su brazo con el de él y se dispuso a guiarlo hacia su suite.

Pero, justo en ese instante.

Amaya y Romeo salieron de su propia habitación.

Amaya se había enterado por Saúl de que su hermano estaba muy ocupado esa noche y no podría verla, pero había ordenado que les prepararan una cena exquisita en el restaurante giratorio del hotel.

Estaban a punto de ir a cenar cuando se toparon de frente con Diego y Vera.

Vera asintió rápidamente, sintiéndose profundamente halagada, y respondió con coquetería:

—Me parece perfecto, Diego. Te espero a que tomes una ducha y luego bajamos juntos.

Aunque Diego le hablaba a Vera, sus ojos no se despegaban del rostro de Amaya.

Anhelaba desesperadamente ver aunque fuera una pizca de interés, o de celos, en su mirada.

Sin embargo, ella había perfeccionado el arte de ocultar sus emociones; era imposible leer algo en su expresión.

—Bien, vámonos.

La voz de Diego sonó fría, su rostro impasible, pero en sus ojos brillaba una corriente oscura y turbulenta.

Dicho esto, se alejó con Vera sin dirigirle una sola palabra a Amaya.

Romeo volteó sutilmente la cabeza y notó que la habitación a la que entraron era la suite más alejada del último piso.

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