El aire pareció solidificarse por completo.
La mano que Romeo había dejado en el aire se encogió ligeramente antes de retirarla con total naturalidad.
Bajó la mirada, ocultando la fugaz decepción en sus ojos brillantes. Cuando volvió a alzar la vista, su rostro mostraba la misma expresión cálida de siempre.
—Ami, no lo pienses demasiado —dijo en voz baja, con su tono impecable—.
—Saúl y yo solo estábamos bromeando. A partir de ahora seremos más cuidadosos.
Saúl, saliendo de su estupor, respiró hondo.
—Lo siento, cruzamos la línea.
Al ver que ambos daban un paso atrás, Amaya sintió un gran alivio en el pecho.
—Saúl, ¿podrías encargarte de ir al proyecto por mí? —pidió con suavidad—.
—Romeo, acompáñame a llevar a Reni a la clínica. Si estás ocupado, le pediré a mi mamá...
El roce que acababan de tener casi provocó una pelea entre ellos por su culpa. Eso le hizo darse cuenta de que, de ahora en adelante, tendría que marcar muy bien los límites.
Sin embargo, Saúl era el guardaespaldas personal que le había asignado su hermano; para garantizar su seguridad, el contacto constante era inevitable.
Por su parte, Romeo no solo era su socio, sino también su principal inversor, por lo que era imposible no trabajar de la mano en muchos asuntos.
Amaya se sintió un poco abrumada.
Nunca imaginó que ella, que rara vez tuvo pretendientes en su vida, se encontraría con una ola de atención romántica tras su divorcio.
*¿Qué voy a hacer?*
Amaya sintió que le estallaba la cabeza. Consideró que tal vez lo mejor sería tomar distancia de Romeo y evitar ocupar su tiempo libre.
Pero antes de que pudiera terminar la frase, Romeo la interrumpió con un tono casi ansioso.
—Iré yo. Tu mamá está delicada de salud, es mejor que descanse en casa.
—Además, Reni ya está más grande y pesa más. Para mí es más fácil cargarla y ella me adora.
Apenas terminó de hablar, la pequeña Reni levantó la mirada hacia él, soltando una risita encantadora y frotando un poco de baba en su mano, como si le estuviera dando la razón.
Para cuando terminaron, ya era casi mediodía.
Romeo llevaba a Reni en brazos, seguido por Amaya y Marta.
Al salir del consultorio de pediatría, Amaya levantó la vista y se topó de frente con un grupo conocido.
Al frente estaban Diego Muñoz y Vera Ramos.
Debido a la serie de bromas pesadas que había planeado anteriormente, Amaya no les había prestado mucha atención, dejando que Sofía Vargas se encargara.
Pero Sofía le contaba los avances a diario, así que sabía que Vera había sido hospitalizada por una picadura de serpiente.
Vera lucía demacrada, vestida con ropa informal y sencilla. Su rostro pálido y sin maquillaje la hacía parecer diez años mayor.
Diego la ayudaba a caminar con sumo cuidado; al parecer, venían a darle el alta.
Detrás de ellos caminaban Josefa Ponce y el señor Navarro, el padre biológico de Vera.
Amaya se quedó mirando a Navarro por un instante, sorprendida.

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