Apenas Saúl terminó de hablar, se escucharon unos pasos particulares acercándose por el pequeño sendero de tierra.
Amaya ya era capaz de distinguir la leve diferencia entre los pasos de Sebastián y los de una persona común, así que supo de inmediato que él estaba de regreso.
Se dio la vuelta rápidamente y vio a Sebastián caminando por delante, con una mano en el bolsillo, el rostro inexpresivo y un aura sumamente fría y distante.
Detrás de él, dando saltos de alegría y con una sonrisa inmensa, venía Catalina, abrazando a un conejito blanco como la nieve.
Al ver a Amaya, Catalina corrió hacia ella con el conejo en brazos y gritó emocionada.
—¡Amaya, mira! ¡Este es el conejito que Sebas cazó con la resortera!
—Este amiguito corre rapidísimo, si no fuera porque Sebas le dio en la pata, ¡jamás lo habríamos atrapado! Mira, ¿a que está precioso?
—¡Sebas dijo que lo íbamos a asar! ¡Ni loca lo permito! ¡Este conejo es demasiado lindo, no nos lo podemos comer! Me lo voy a llevar a casa para tenerlo en el patio trasero.
Catalina parloteaba sin parar, parecía una niña pequeña rebosante de energía.
Amaya sonrió al escucharla.
—Comer conejo es un poco cruel, si quieres criarlo, hazlo. Pero, ¿tus padres te dejarán? Son muy exigentes con la limpieza...
Catalina hizo un puchero al instante.
—¿Entonces qué hago? Mis papás no me dejarán... pero es tan lindo, de verdad me lo quiero llevar.
Amaya guiñó un ojo.
—Puedes pedirle a mi mamá que te lo cuide en Residencial Monte Verde, y así vas a visitarlo seguido. A mi mamá, Beatriz, le encantan los animales, ya tiene varios en su jardín.
Los ojos de Catalina se iluminaron.

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