—Te lo advierto, El Paladar es un patrimonio cultural protegido. ¡Si te atreves a hacerle el más mínimo daño, te vas a pudrir en la cárcel! ¡Te sugiero que lo pienses dos veces!
Al notar que Amaya estaba perdiendo los nervios, el tono de Javier se volvió aún más arrogante:
—Ay, mi querida hija, después de tanto tiempo desde que regresé, por fin siento que te importo aunque sea un poquito.
—Mírame: no tengo dinero, no tengo poder, lo he perdido todo y estoy hundido en deudas. Si me encierran en la cárcel, hasta me estarían haciendo un favor. Al menos tendría un techo y tres comidas al día, ¿no crees?
—Para mí, que se queme este pedazo de madera vieja no es gran cosa. Con un buen incendio hasta podrían construir algo nuevo.
El tono arrastrado de Javier era la viva imagen de un parásito descarado.
Amaya sintió que la sangre le hervía de rabia en el pecho.
Jamás imaginó que su propio padre biológico pudiera caer tan bajo, convirtiéndose en un ser tan despreciable y sin escrúpulos.
Al ver que Amaya estaba a punto de explotar de furia, Romeo tomó el teléfono de sus manos y habló con suma calma:
—Señor Benítez, soy el esposo de Amaya, Romeo Ortega.
—Pida lo que quiera, pero le sugiero que no tome decisiones impulsivas.
—Hagamos esto: espérenos ahí en la torre. Amaya y yo vamos para allá ahora mismo. ¿Qué le parece?
Esa era exactamente la respuesta que Javier había estado esperando toda la noche.
Su voz se iluminó al instante, llena de falsa alegría:
—¡Pero claro que sí, mi querido yerno! Qué bueno que estás dispuesto a acompañar a Ami a verme.


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