Pero esta vez, me parece que hizo muy mal sus cálculos.
Al escucharla, la expresión en el rostro de Amaya se volvió completamente gélida.
—Si tiene la capacidad de endeudarse por tanto dinero, me imagino que también tendrá la forma de pagarlo —respondió con frialdad—. En cuanto a sus dedos, córtenselos si quieren. No se molesten en llamarme. Mi relación con él se rompió hace mucho tiempo; ahora, para mí, no es más que un extraño.
Sin darle a Valeria la oportunidad de seguir chantajeándola, Amaya colgó de inmediato.
—¡Amaya! ¡Es tu propio padre...! ¡Oye...! ¡Amaya! ¡Amaya!
Valeria gritaba enfurecida al teléfono, pero lo único que recibió como respuesta fue el tono de llamada finalizada.
Estaba tan histérica que por poco arroja el celular al suelo.
Llena de rabia, le soltó una fuerte patada al hombre que estaba tirado en el piso, amarrado de las manos.
Javier se retorció de dolor, soltando muecas, y tembló un par de veces antes de que la punzada desapareciera.
Valeria lo agarró del cuello de la camisa.
—¡¿No me dijiste que si hacíamos esto, tu hija vendría corriendo a salvarte?!
—¡Viejo decrépito, me parece que sobreestimaste lo mucho que le importas a tu hija!
Javier, aterrorizado, se apresuró a explicarse:
—¡Señorita Zaldívar, escúcheme, por favor!
—Mi hija es de palabras duras, pero de corazón blando. Si de verdad no le importara, no habría mandado a su gente a darme dinero con mil excusas diferentes. ¡Si no fuera por ella, yo ya me habría muerto de hambre!
—Mire, haga esto: ordénele a sus hombres que me den una buena paliza, de preferencia que me dejen la cara cubierta de sangre. Luego, tómeme una foto y mándesela. Le... le juro que no tendrá el corazón para dejarme morir. ¡Créame!
Los ojos de Valeria brillaron con malicia y soltó una risa siniestra.
—Viejo bastardo, tú lo pediste...
Javier asentía frenéticamente.

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