De no ser por su absoluta frialdad y su instinto calculador, habría sido imposible lograr una maniobra así.
Catalina lo miraba con los ojos iluminados:
—¡Impresionante! Sebastián, lo anuncio oficialmente: a partir de hoy, dejas de ser un simple conocido y te conviertes en mi ídolo número uno, desplazando a Romeo.
Romeo sonrió con resignación:
—Catalina, ¿podrías dejar de idolatrar a cada persona nueva que conoces?
Catalina rodó los ojos hacia el asiento trasero:
—Ay, Romeo, no es mi culpa que no manejes tan bien como él. Sebastián, tengo un equipo de carreras que se llama Escuadrón Ciclón. Siempre competimos. Te invito oficialmente a unirte a nosotros, ¿qué dices?
Catalina sonreía de oreja a oreja, convencida de que Sebastián aceptaría.
Para su sorpresa, la respuesta fue un rechazo tan frío como cortante:
—No.
—Nunca participo en juegos tan aburridos y patéticos.
Las palabras de Sebastián cayeron como un balde de agua fría sobre Catalina.
Por un instante, un silencio sepulcral e incómodo inundó el interior del auto.
Pasaron más de diez segundos hasta que Catalina logró asimilar el golpe. Hizo un puchero, ofendida:
—Sebastián, eso fue muy cruel.
—¿Sabes lo estricto que es el proceso de selección de mi Escuadrón Ciclón? ¡Incluso rechacé a César cuando quiso entrar!
La expresión de Sebastián siguió siendo de hielo:
—No me interesa.
Y luego, soltó de la nada:
—Aunque ese César es un completo novato, tiene sentido que lo rechazaras.
Amaya y Romeo no aguantaron más y soltaron una carcajada al mismo tiempo.

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