Ami levantó la mano y, con picardía, pellizcó la hermosa mejilla de Romeo. Luego enredó sus brazos alrededor de su cuello y dijo con voz melosa:
—Porque ahora tengo al mejor hombre del mundo a mi lado. No soy tan tonta como para soltar un diamante por recoger una piedra.
—Así que, ¿podrías tener un poco más de confianza en ti mismo?
Solo entonces la mirada de Romeo se relajó y soltó un suspiro de alivio profundo.
—Menos mal.
—Por un segundo de verdad pensé que... que habías vuelto a enamorarte de él.
A Romeo se le quitaron por completo las ganas de trabajar. Tomó a Ami en brazos y la sentó a horcajadas sobre sus piernas. Su voz bajó un par de tonos.
—No puedes bromear con mis sentimientos de esa manera, Ami. Tendré que castigarte.
Ami sintió que la respiración de Romeo se volvía pesada y el peligro inminente la hizo reaccionar.
—Romeo, cálmate, todavía es de día. Además, tenemos que salir pronto, hay una junta en la tarde.
Romeo apretó los labios y rodeó la cintura de Ami con más fuerza.
—No importa, falta una hora para la junta. Es tiempo suficiente.
Ami señaló la computadora.
—No, todavía tengo que corregir unos datos del reporte. No están exactos.
Las manos de Romeo ya empezaban a pasearse con libertad. Con un movimiento rápido, arrastró la computadora hacia ella.
—No te preocupes. Tú corrige los datos, yo me encargo del resto.
Ami: ...
Ami: ¡¡¡!!!
...
Cincuenta minutos después.
Los dos salieron de la habitación, uno detrás del otro.

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