Era fin de semana.
Amaya Ibarra y Romeo Ortega habían reunido a ambas familias en una cabaña rústica a las afueras de Solsepia para disfrutar de un par de días de descanso.
El lugar era propiedad de un amigo de Romeo, y normalmente no estaba abierto al público; solo recibía a personas muy cercanas.
El entorno desprendía un encanto clásico y sereno. El paisaje estaba impecablemente cuidado, e incluso tenían gallinas, patos y conejos correteando por los jardines. Además, había un pequeño arroyo cristalino, lo que lo convertía en el refugio ideal para una escapada familiar.
El amigo de Romeo, un verdadero amante de la naturaleza, tenía el lugar en perfectas condiciones.
Al saber que vendría toda la familia, no solo preparó las habitaciones con antelación, sino que también dejó organizada toda la comida para el fin de semana.
—Si me lo hubieran dicho antes, jamás habría creído que tendría una vida así.
Amaya estaba sentada en una silla de acampar, saboreando un trozo de sandía que habían enfriado en el arroyo, mientras bebía un refresco que Romeo le acababa de pasar.
Al recordar sus días como esclava del trabajo, corriendo de un lado a otro sin parar, no pudo evitar reflexionar en voz alta.
Sebastián Benítez también los acompañaba. Sentado a un lado, escuchó su comentario y sonrió de medio lado:
—Como dicen por ahí: es mejor casarse bien que matarse trabajando.
Beatriz Ibarra soltó una carcajada:
—Totalmente cierto. La vida que tiene Ami ahora, comparada con la que llevaba en la familia Muñoz, es como el día y la noche.
—Romeo se encarga de todo, así que ahora Ami solo tiene que sentarse y dejarse consentir.
Los ojos de Ximena Chávez brillaron de orgullo:
—Aunque es mi único hijo, nunca lo crié para que fuera un inútil. Siempre lo puse a hacer las cosas de la casa. Siempre le dije que algún día se iba a casar, y que las mujeres ya cargan con demasiado; no podía esperar que ella le resolviera la vida mientras él se echaba a dormir.
Beatriz le levantó el pulgar en señal de aprobación:
—Tenías que ser tú para criar a un hombre como Romeo.
Ximena no tardó en devolverle el cumplido:
—Tú tampoco te quedas atrás. Tienes un par de hijos maravillosos. Las dos somos excelentes madres, y Ami también lo será.
El comentario de Ximena hizo que todos estallaran en una sonora carcajada.

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