Era la primera vez en todos los años que Julio llevaba trabajando con Diego que lo escuchaba hablar con tanta sinceridad y vulnerabilidad.
Sintió un nudo en el pecho. Parecía que, en un instante, ese señor Muñoz que siempre se mostraba tan imponente, frío y elegante, había perdido toda su coraza, revelando a un hombre agotado y solitario.
Sin embargo, con tantos años de experiencia en el mundo corporativo, Julio sabía perfectamente cómo manejar estas situaciones.
Un buen empleado jamás debe meterse en los problemas familiares de su jefe, porque eso solo trae dolores de cabeza.
Con expresión seria, le preguntó:
—Señor Muñoz, ¿cómo debemos proceder con este asunto?
—¿Quiere que vayamos al hotel ahora mismo?
Diego negó con la cabeza:
—No iré, no soportaría la humillación.
—Ve tú en mi lugar y encárgate de todo siguiendo el protocolo.
—Además, dile al departamento de relaciones públicas que emita de inmediato un comunicado oficial. Deben dejar muy claro que los actos de mi madre y mi hermana son de carácter estrictamente personal y no tienen nada que ver con el Grupo Muñoz. A partir de hoy, se les revoca cualquier participación en la empresa y se suspende su pensión mensual.
Julio abrió los ojos de par en par, sorprendido:
—¿Eso significa... que las expulsará definitivamente del Grupo Muñoz?
En los ojos de Diego solo había determinación; su tono no dejaba lugar a dudas:
—Les he dado incontables oportunidades, he sido tolerante y paciente hasta el cansancio, pero lo único que he recibido a cambio han sido problemas y más problemas.
—No puedo seguir aguantando y perdonando todo solo porque llevan mi sangre. Si sigo así, terminarán hundiendo al Grupo Muñoz tarde o temprano.
Julio lo miró fijamente por un momento.

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