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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 94

C95 -DEVASTACIÓN

La casa de seguridad en Brooklyn era un edificio de ladrillo rojo de tres pisos, idéntico a los demás de la cuadra. Precisamente por eso la habían elegido: se perdía entre la monotonía del barrio como una aguja en un pajar.

Braxton detuvo la SUV frente a la entrada lateral. Bajó primero, escaneando la calle con la mirada entrenada y una vez satisfecho, abrió la puerta trasera.

—Savanna, llegamos.

Su voz sonaba extrañamente suave, despojada de la dureza que la caracterizaba.

Ella no respondió.

Simplemente se deslizó fuera del vehículo como un autómata, con movimientos mecánicos que revelaban a alguien que había dejado de habitar su propio cuerpo.

Cuando cruzaron la puerta del apartamento del segundo piso, Jodie ya estaba esperando. Pálida como un fantasma, con los ojos hinchados y las manos temblando visiblemente.

Braxton la había mandado traer apenas recibió la llamada de Ian, no quiso dejarla desprotegida y ahora había sido lo mejor, sabiendo que Savanna necesitaría algo familiar a lo que aferrarse.

Las dos amigas se miraron.

Estaban peleadas, sí.

Pero en ese momento, las palabras no dichas y los rencores guardados se evaporaron como humo.

—Savanna... —susurró Jodie, dando un paso vacilante hacia adelante.

Y entonces Savanna se quebró.

Jodie corrió hacia ella, atrapándola justo antes de que se desplomara. El peso la hizo tambalearse, pero logró sostenerla. Su amiga se aferró a ese abrazo como un náufrago a un madero en medio del océano.

—Está muerto —las palabras salieron rotas—. Está muerto, Jodie.

Jodie levantó la vista hacia Braxton, buscando desesperadamente una explicación.

Pero lo que vio en sus ojos la heló: culpa.

Pura y devastadora culpa.

—No es seguro, Savanna —intervino Braxton, acercándose—. Voy a...

—¡Cállate!

Ella se separó de Jodie y giró hacia él, con una furia que parecía devorarla desde adentro.

—¡Eres un maldito! ¡Lo abandonaste! ¡Lo dejaste morir allá solo!

Cada palabra era una bala y Braxton las recibió sin retroceder, sabiendo que se las había ganado todas.

—Eso es lo que Ian ordenó —respondió—. Yo obedecí.

—¡Pudiste volver con refuerzos! —contraatacó ella, con las lágrimas cayendo sin control—. ¡Pudiste hacer algo! ¡Pero no! ¡Preferiste seguir órdenes como un maldito robot!

—Tú no lo entiendes, él…

Por primera vez, la voz de Braxton tembló.

—El jefe está muerto, señor.

El aire se volvió denso, mejor dicho irrespirable. Braxton sintió como si alguien le hubiera arrancado el corazón en carne viva.

—¿Cómo? ¡¿Cómo que muerto?!

—Íbamos a escapar, pero él me sacó del auto a la fuerza —explicó el hombre, con la voz quebrándose—. Le dije que no, que me quedaba con él. Pero me empujó. Y luego... luego se llevó a los hombres de Voss con él. Yo vi la explosión desde el suelo, vi las camionetas caer por el acantilado. Nadie pudo sobrevivir a eso, señor. Nadie.

Braxton cerró los ojos.

El dolor era físico, real, como si le hubieran clavado un cuchillo entre las costillas y lo estuvieran retorciendo lentamente.

Ian estaba muerto.

Su mejor amigo.

Su hermano.

Muerto.

Y todo por culpa de Richard Voss.

Cuando abrió los ojos de nuevo, el dolor había desaparecido y en su lugar quedaba algo mucho más peligroso: una ira fría, calculada y letal.

—Richard Voss va a pagar —prometió—. Va a rogar que lo mate, pero no lo haré. No hasta que haya sufrido cada segundo que Ian sufrió.

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