C6-EL ES MI ESPOSO
—¿Qué es esta falta de respeto? —rugió, señalando a Ian con desprecio—. ¿Quién es este muerto de hambre que traes contigo, Savanna? ¿Tu nuevo chofer?
Savanna avanzó con paso firme hasta el extremo de la mesa y sin decir palabra, extrajo un documento de su carpeta y lo depositó frente a él: el acta de matrimonio, con la tinta aún fresca.
Arthur miró el papel como si fuera una serpiente venenosa. Sus ojos se agrandaron, recorriendo cada línea del documento oficial y mientras lo hacía la vena de su frente palpitó visiblemente.
—Esto... esto es una broma —balbuceó, su voz perdiendo volumen—. No puede ser legal.
—Completamente legal —respondió Savanna, saboreando cada segundo de su desconcierto—. Firmado, sellado y entregado hace exactamente una hora.
Se giró hacia Ian, quien había estado observando todo en silencio, analizando cada gesto y cada mirada.
—Permítanme presentarles a mi esposo, Ian Hayes —anunció a todos.
Los miembros del consejo intercambiaron miradas atónitas. Una mujer mayor al fondo dejó caer su bolígrafo, mientras que Arthur parecía haber sido abofeteado.
—No… no… —tartamudeó, su rostro alternando entre blanco y rojo—. Esto es absurdo. ¡Es una farsa!
—Así es, tío —Savanna sonrió con frialdad—. Me casé tal como lo dije y... estoy cumpliendo con los requisitos de papá.
Las manos de Arthur se cerraron en puños. Rodeó la mesa con pasos pesados, acercándose a Savanna como siempre hacía cuando quería intimidarla. Era su táctica habitual: invadir su espacio y aprovecharse de su trauma.
Pero antes de que llegara, Ian se interpuso entre ellos como una muralla de hierro. El roce de la espalda de Savanna contra el pecho de Ian le provocó una descarga de adrenalina y poder que nunca había experimentado.
—Un paso más y tendremos un problema —advirtió Ian. Sus ojos fríos como el hielo, taladraron a Arthur—. Mi esposa merece respeto, especialmente de su familia.
Arthur retrocedió involuntariamente antes de recuperar su postura. Miró a Ian de arriba abajo, evaluándolo.
—¿Y quién demonios eres tú realmente? —escupió—. ¿Cuánto te está pagando mi sobrina por esta farsa? ¿O qué te ofreció además del dinero?
Ian no se inmutó, su rostro se mantuvo como una máscara impenetrable.
—Soy el hombre que se enamoró de su sobrina —respondió con una calma letal—. El resto no es asunto suyo.
—Por favor —Arthur soltó una carcajada forzada, dirigiéndose ahora al consejo—. ¿Alguien cree realmente que este... individuo... es el marido legítimo de Savanna? ¿La misma Savanna que no permite que ningún hombre se le acerque a menos de un metro?
Ella dio un paso al frente, colocándose junto a Ian.
—Mi esposo tiene nombre, tío. Y sí, nos casamos por amor. Que no te lo hayamos contado antes solo demuestra lo poco que confiamos en ti.
Arthur entrecerró los ojos.
Savanna se acercó a su tío, inclinándose ligeramente.
—No vas a hacer nada, Arthur. Lo único que vas a hacer es desocupar la oficina del presidente, es decir, mi oficina —dio un paso más—. Y vas a respetar a mi esposo... o de lo contrario, no intercederé una próxima vez por ti.
Se giró con elegancia y regresó junto a Ian, quien colocó una mano posesiva en su cintura con naturalidad. El contacto, que normalmente la habría hecho tensarse, ahora le resultaba extrañamente reconfortante. Como si su cuerpo hubiera decidido por cuenta propia que este hombre no representaba una amenaza.
Arthur observó la escena con ojos entrecerrados. Conocía el trauma de su sobrina mejor que nadie; de hecho, lo había usado en su contra durante años. Verla tan cómoda con este desconocido desafiaba todo lo que sabía sobre ella.
«¿Dónde tenía escondido a este tipo?» se preguntó, recomponiéndose lentamente.
—Savanna, no me tomes por idiota —dijo finalmente, forzando una risa burlona—. Te casas así, en menos de 48 horas... Se nota que estabas tan desesperada para incluso soportar a un hombre cerca —sus ojos se entrecerraron con malicia—. Y sabes de lo que hablo... ¿Ya él lo sabe? ¿O empezaste con tu medicamento?
Savanna sintió como si le hubieran arrojado agua helada. Su tío estaba usando su trauma, su terapia, sus medicamentos contra ella, frente a toda la junta directiva. La impotencia y la rabia se mezclaron en su pecho como un cóctel tóxico.
Pero en lugar de retroceder, dio un paso al frente. Años de ser agredida por este hombre culminaron en este momento de pura determinación.
—Di lo que quieras —dijo con voz clara—. No necesito medicamentos, Arthur. Lo que necesitaba era encontrar al hombre adecuado.
Arthur soltó una carcajada despectiva, pero antes de que pudiera responder, ella se giró hacia Ian, acunó su rostro entre sus manos y lo besó.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!