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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 54

C55: DIVORCIARNOS.

Savanna se sentó frente a la ventana del pequeño café privado y Elias sirvió el café en su taza y se la pasó.

—Gracias —dijo ella.

Él sonrió y se acomodó en la silla de enfrente, sintiendo que por dentro, algo no encajaba. No podía dejar de pensar en la cara de Jodie cuando le entregó las flores a Savanna.

Aun así, se dijo que esto era lo correcto.

Lo que su madre esperaba.

Lo que su futuro exigía.

Isabelle Deveraux todavía controlaba el 51 % de las acciones de Deveraux Enterprises y él solo tenía el 30 %. El resto estaba repartido entre inversores. Y si no se casaba con Savanna y aseguraba la alianza con los Hayes, su madre lo dejaría fuera de la junta directiva y él había trabajado toda su vida para demostrar que merecía liderar la empresa. No podía perderlo todo por un capricho del corazón, por lo que Savanna era la elección correcta.

—Mi mamá te manda saludos —dijo antes de llevar la taza a sus labios.

Savanna sonrió con amabilidad.

—Dile que en cuanto pueda iré a verla. Todavía quiero esos cuadros que me prometió.

Elias sonrió.

—Estoy seguro de que disfrutará pintarlos para ti.

Asintió despacio y de pronto estiró el brazo y tomó la mano de Savanna, apretándola con fuerza.

—Sav… estoy… estoy preocupado por ti.

Ella se tensó y retiró la mano de golpe, de repente ya no le gustaba el contacto de su amigo.

—Ya hablamos de eso, Elias. Ian y yo…

—Sav, ese hombre te está usando.

Savanna se quedó sin palabras un segundo.

—¿Qué?

Savanna cerró la puerta detrás de ella sin apartar la vista, aunque el corazón le golpeaba fuerte, pero no retrocedió.

—Bien. Elias es mi amigo de la infancia. No tienes por qué preocuparte.

Ian sintió que le devolvía sus propias palabras.

—Valeria no está enamorada de mí… mientras que él sí lo está de ti.

Savanna se carcajeó con frialdad ante su respuesta.

—¿Te haces o eres?

—Deja de jugar, Savanna. —replicó dando otro paso—. Hablo en serio. Ese imbécil quiere algo contigo y tú sales con él como si nada. ¿Qué carajos te pasa? ¡Estamos casados, maldita sea!

Ella se mantuvo firme, fría, sin inmutarse y soltó la puñalada.

—Quizás eso deba cambiar, Ian… Quizás… lo mejor sea divorciarnos.

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