C143 - El nacimiento de Ivanna
AEROPUERTO PRIVADO - NUEVA YORK
El jet apenas tocó pista cuando Ian saltó hacia la escalerilla. Sin esperar a que los motores se apagaran, bajó a zancadas y se lanzó al auto que lo esperaba.
—Mount Sinai. Corre —ordenó con la voz rota.
Marcó al teléfono de Braxton mientras sus nudillos se tornaban blancos al apretar el dispositivo, antes de despegar le había avisado y ahora Jodie y él acompañaban a Savanna.
—¿Cómo está? —lanzó al aire apenas escuchó el tono.
—Tienes que venir Ian, no sé mucho de esto pero lo que entiendo es que su parto avanza… no sé —miró a Jodie—. Nena, ¿cómo es que le dicen?
—Dilatar, Braxton, dilatar…
Ian miró a través del parabrisas escuchando la respuesta de Jodie, y sabía a qué se refería, no era idiota había investigado después de que la doctora les dijera que el parto podría llegar en cualquier momento; el tráfico a esa hora era un muro de metal inmóvil.
Al ver que no avanzaban, golpeó el asiento delantero.
—¡No voy a llegar! —rugió.
—Entonces, corre —respondió Braxton desde el otro lado—. Pero tienes que estar aquí, ¿vas a perderte el nacimiento de tu hija?
—Nunca.
Ian no lo dudó.
Abrió la puerta en medio del tráfico y se lanzó a correr por el asfalto.
PUENTE DE QUEENSBORO
El aire helado de Nueva York le quemaba los pulmones, pero Ian no bajó el ritmo. El traje le pesaba, el sudor le cegaba los ojos y cada paso sobre el concreto era una súplica, pero no dejaba de correr.
Sacó el teléfono nuevamente.
—Soy Ian Moretti —jadeó con la respiración errática—. Mi esposa, Savanna Hayes, está dando a luz. Díganle que aguante, cinco minutos, por favor.
Colgó y se obligó a acelerar.
El protocolo fue un borrón. En segundos bata, guantes, una máscara, estuvo listo y volvió a su lado en segundos, pegando su frente a la de ella.
—Tú puedes, mi amor. Mírame. Solo tú y yo —susurró, transmitiéndole toda su fuerza.
Ella cerró los ojos, concentró el dolor en un único impulso y empujó.
El mundo pareció detenerse hasta que un llanto agudo y pequeño rasgó el silencio de la sala.
A la una y cinco, nació Ivanna.
El médico colocó a la bebé sobre el pecho de Savanna. Era una pequeña criatura de piel sonrosada y cabello oscuro que buscaba refugio. Savanna soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y rompió en un llanto silencioso, acariciando la espalda húmeda de su hija. Ian por su parte, tenía los ojos vidriosos y acercó una mano temblorosa para tocar la mejilla de la niña.
—Hola, Ivanna —susurró con devoción.
La pequeña abrió unos ojos oscuros, pero que con el pasar de los días, se volverían idénticos a los de su padre, y su llanto cesó al escuchar su voz. Conmovido, Ian se sentó en la silla junto a la cama, sosteniéndola con una reverencia casi sagrada y cuando Ivanna bostezó y se acurrucó contra él, el hombre que hacía minutos corría desesperado por un puente, se quedó inmóvil, sumido en una paz absoluta.
Savanna lo observó con una sonrisa cansada que iluminó su rostro. Ian levantó la vista, encontrándose con la de ella y no hicieron falta palabras; el silencio lo decía todo.
—Es perfecta mi amor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!