C119- ACOSADOR MILLONARIO
Savanna salió de la ducha sintiendo el vapor pegándose a su piel como una segunda capa. Se envolvió en una toalla esponjosa que probablemente costaba más que su primer auto y caminó hacia el vestidor. Cuando abrió las puertas de madera tallada, sus cejas se alzaron hasta casi perderse en su cabello húmedo.
Ropa.
Montones de ropa nueva.
Todas de su talla.
Todas de marcas reconocidas que normalmente solo veía en revistas de moda.
Y todas, absolutamente todas, diseñadas para mujeres embarazadas.
Tomó un conjunto rosa pastel, sosteniéndolo frente a ella con una mezcla de irritación y algo parecido a la gratitud que aun se negaba a reconocer.
—Idiota...
Asumiendo que Ian había hecho el trabajo completo, abrió los cajones buscando ropa interior.
Y efectivamente, ahí estaba.
Juegos completos de algodón suave, nada de encaje incómodo o diseños ridículos.
Todo práctico, todo pensado para su comodidad.
Se vistió con movimientos mecánicos, tratando de no pensar demasiado en el hecho de que Ian había elegido cada prenda. Que había pensado en ella, que había anticipado sus necesidades.
Una vez lista, bajó las escaleras con cuidado, sosteniendo la barandilla de hierro forjado que probablemente era una obra de arte en sí misma. La mansión estaba viva con actividad. La servidumbre se movía con una eficiencia silenciosa, limpiando, organizando, preparando.
Una chica joven, no mayor de veinticinco años, le sonrió.
—Buenos días, señora. ¿Qué va a querer para desayunar?
Savanna terminó de bajar el último escalón, mirando todo a su alrededor.
Los techos altos, los candelabros de cristal, los pisos de mármol que brillaban como espejos, cuando terminó de inspeccionar el buen gusto de su marido, miró a la empleada.
—Algo suave, el reflujo me está matando.
La chica asintió con comprensión.
—Enseguida, señora.
Desapareció hacia lo que Savanna asumió era la cocina y ella siguió caminando, explorando su nueva prisión dorada.
Porque eso era, ¿no?
Una prisión. Hermosa, lujosa, pero prisión al fin.
Pasó por un comedor que podría albergar a veinte personas fácilmente, por una biblioteca con estanterías que llegaban hasta el techo, por un salón de música con un piano de cola que parecía sacado de un concierto.
Y entonces llegó a la sala principal, se quedó pasmada.
Savanna parpadeó y procesó las palabras. Entonces, un pensamiento ácido atravesó su mente con la velocidad de un rayo.
«Muy bien, Ian. Mientras yo lloraba por ti, tú estabas aquí mirándome como un pervertido. ¡Genial!»
Tuvo que morderse el labio para no reírse. O llorar. O ambas cosas al mismo tiempo, porque la situación era tan absurda que no sabía si sentirse halagada o perturbada.
—¿El señor lo mandó a hacer? —repitió.
—Sí, señora. Trabajó con el artista durante meses para asegurarse de que cada detalle fuera perfecto.
—Por supuesto que lo hizo —murmuró, mirando el retrato y reconociendo la determinación de su marido.
Imaginó a Ian, supuestamente muerto, sentado en esta sala, mirando su imagen gigante mientras ella visitaba su tumba vacía cada domingo. Mientras lloraba sobre una lápida que no significaba nada. Mientras le hablaba a un fantasma que en realidad estaba vivo, cómodo en su mansión, admirando su retrato como algún tipo de acosador millonario.
La risa burbujeó en su garganta antes de que pudiera detenerla. Salió como un sonido estrangulado que hizo que el mayordomo la mirara con preocupación.
—¿Se encuentra bien, señora?
—Perfectamente —respondió, aunque las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. No sabía si eran de risa o de dolor—. Solo estoy admirando el trabajo de mi esposo. Es muy... dedicado por cierto.
El mayordomo asintió, sin captar el sarcasmo que goteaba de cada palabra.
—El señor Moretti es un hombre de detalles.
—Oh, no lo dudo —Savanna se giró, tratando de recuperar la compostura—. Prepare el auto, saldré después de desayunar.

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