C115: La furia de una esposa traicionada
El mundo de Savanna se había reducido a un solo punto.
A un solo hombre.
A Ian, parado frente a ella como si los últimos ocho meses no hubieran existido. Como si no la hubiera dejado sola, llorando sobre una tumba vacía mientras su hija crecía dentro de ella sin conocer a su padre.
No podía hablar.
Las palabras se habían atascado en su garganta, ahogándose bajo el peso del shock. Su cerebro se había desconectado, dejándola en un estado de parálisis que la hacía sentir como si estuviera flotando fuera de su propio cuerpo.
Ian reconoció su estupor de inmediato y el muy descarado sonrió con esa sonrisa que siempre la había desarmado, y con una suavidad que contrastaba con la intensidad del momento, deslizó su mano alrededor de su cintura. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Se sentía real. Sólido. Vivo.
Tomó el micrófono de las manos temblorosas de Savanna, girándose hacia la multitud que los observaba con una mezcla de asombro y confusión. Sin embargo, su presencia dominaba el espacio.
—Buenas noches. Para aquellos que no me conocen, soy Ian Moretti. También conocido como Mr. X.
Los murmullos explotaron en el salón como fuegos artificiales. Las cabezas se giraban, los susurros se multiplicaban, las cámaras de los periodistas comenzaban a parpadear.
Pero Ian no se inmutó.
Permanecía allí, imponente, como un dios descendiendo del Olimpo.
—Entiendo que mi anonimato ha generado dudas —continuó, con una frialdad que hacía que el aire se sintiera más denso—. Permítanme aclarar algo. Mi identidad se mantuvo oculta por razones de seguridad. Razones que involucran amenazas directas contra mi vida y la de mi familia. No fue una decisión tomada a la ligera, sino una necesidad estratégica para proteger lo que más amo.
Miró directamente al hombre que había cuestionado a Savanna, con una intensidad que hizo que el tipo retrocediera instintivamente.
—Y en cuanto a mi legitimidad como inversor, pueden revisar cada transacción, cada contrato, cada documento legal. Todo está en orden. Todo es transparente. Lo único que no era público era mi rostro. Y eso, señor, no es ilegal. Es inteligente.
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte. El hombre que había hablado parecía querer desaparecer bajo el suelo.
Ian continuó, con una determinación implacable.
—También entiendo que muchos de ustedes se preguntan por qué fingí mi muerte. La respuesta es simple pero necesaria: había personas que querían matarme. Personas poderosas con recursos ilimitados. Y lo hice para proteger a mi esposa y a mi hija de convertirse en objetivos.
Los murmullos volvieron, pero esta vez eran diferentes.
Había comprensión. Había respeto. Había incluso admiración.
—Pero a partir de ahora, Ian Moretti está de vuelta —declaró—. Y estoy aquí para respaldar a Savanna Hayes y a Hayes Holding con cada recurso que tengo. Con cada conexión, con cada dólar de mi fortuna. Gracias.
Bajó del podio, extendiendo su mano hacia Savanna. Ella la tomó sin pensar, dejando que él la guiara fuera del salón mientras las cámaras parpadeaban y las preguntas explotaban a su alrededor como una tormenta.
Jodie los vio irse, con su propio shock paralizándola en el lugar. Su mente apenas podía procesar lo que acababa de presenciar.
Ian Moretti estaba vivo. Todo este tiempo había estado vivo.
Braxton apareció a su lado, con una expresión que mezclaba nerviosismo y culpa y tocó su brazo.
—Mi amor... no tuve opciones —susurró, con una voz que sonaba como una disculpa—. Él es mi mejor amigo. No podía traicionarlo.
Jodie lo miró sin decir nada, si antes estaba lejos, ahora su rostro era una máscara vacía. Se giró y caminó hacia el SUV de Braxton, subiendo sin pronunciar una sola palabra.
—Estás vivo —repitió, con una voz que ahora era gélida—. Has estado vivo por ocho malditos meses.
Ian tragó, reconociendo el cambio, además del peligro que emanaba de ella.
—Savanna, déjame que te explique...
La cachetada llegó con tanta fuerza que su cabeza giró hacia un lado.
—¡¡Has estado vivo por malditos ocho meses!! —gritó ella, con una rabia que hacía que su voz temblara—. ¡¡Infeliz!! ¡¡Desgraciado!! ¡¡Inhumano!! ¡¡Cruel!!
Ian sintió la culpa y el miedo explotando en su pecho como una bomba. La miró con ojos que suplicaban comprensión y que rogaban perdón.
—Lo sé. Lo sé. Sé que fue cruel. Pero tenía que hacerlo, Savanna. No quería ponerte en peligro. Lo hice para protegerte, para proteger a nuestra hija.
—¿Protegerme? —Savanna se rio, pero no había humor en ese sonido. Solo dolor desgarrador—. ¿En serio? ¿Y qué demonios te impedía, no sé, enviar una maldita foto y decirme: "Oye, cariño, estoy vivo. Aún late mi corazón, pero no podemos vernos"?
Ian abrió la boca para responder, pero ella no le dio oportunidad, las palabras salían de ella como una avalancha imparable.
—¿Tienes idea de lo que sufrí? ¿De lo que lloré? ¿De lo sola que me sentí? ¿De lo que te extrañé? —Su voz se quebró—. ¿Sabes lo que es despertar cada mañana y recordar que estás muerto? ¿Sabes lo que es acariciar mi vientre y decirle a nuestra hija que su padre era un héroe cuando en realidad su padre es un maldito cobarde?
La rabia en Savanna aumentaba con cada palabra.
Lo miraba, alto y poderoso frente a ella, con esos ojos que había extrañado durante ocho meses y que ahora se mostraban delante de ella como si nada hubiera pasado. Como si pudiera simplemente aparecer y esperar que todo volviera a ser como antes.
—No era viuda, ¿verdad? —dijo, con una voz que era pura furia—. Pues ahora sí voy a quedar viuda, ¡porque yo misma te voy a matar!

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