C107- ¿TIENES PRUEBAS?
Savanna estaba en su oficina, sentada frente al escritorio con los documentos del incendio esparcidos delante de ella como pruebas de una pesadilla que no terminaba. Los números bailaban frente a sus ojos.
Veinte millones.
Tres empleados graves.
Uno en terapia intensiva.
Jodie estaba a su lado, con el teléfono en la mano y la duda reflejada en su rostro. Había estado callada durante los últimos minutos, pero Savanna podía sentir la pregunta que flotaba entre ellas.
—No hay otra opción, Sav —dijo Jodie—. Si no conseguimos ese dinero, la empresa está perdida. Y Arthur se va a salir con la suya.
Savanna asintió, aunque la incertidumbre no abandonó su expresión.
—Lo sé, pero… Mr. X ha sido un fantasma durante meses. Nunca ha aceptado reunirse conmigo.
No sabía quién era Mr. X. Solo había recibido inversiones estratégicas en momentos clave, siempre anónimas, siempre precisas. Como si él estuviera protegiéndola desde las sombras.
Sin pensarlo más, Jodie tomó el teléfono y buscó el número del representante de Mr. X.
—Es ahora o nunca —dijo mirando a su amiga.
—Llámalos —ordenó Savanna, con una urgencia que no podía ocultar—. Diles que Savanna Hayes necesita veinte millones de dólares para cubrir los daños del incendio. Y que si Mr. X realmente sigue creyendo en mí... este es el momento de demostrarlo.
Jodie dudó un segundo más, con el dedo suspendido sobre la pantalla, marcó.
El teléfono sonó dos veces antes de que una voz grave contestara en inglés, con un acento que era imposible de ubicar.
—Oficina de Representación de M.X. Capital. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Jodie Miller, asistente de Savanna Hayes. Necesitamos hablar con el señor X. Es urgente.
—Lo siento, el señor X no está disponible. Puedo tomar un mensaje.
Savanna intervino, acercándose al teléfono con una desesperación que no podía contener.
—Soy Savanna Hayes —dijo, con la voz temblando ligeramente—. Díganle que necesito reunirme con él, que es de carácter de urgencia.
Se hizo el silencio del otro lado.
Un silencio tan denso que Savanna podía escuchar su propio corazón latiendo en sus oídos. Jodie y ella se miraron, conteniendo la respiración como si el aire mismo pudiera romper el hechizo.
La voz grave respondió finalmente.
—Señora Hayes... el señor X recibirá su mensaje. En veinticuatro horas tendrá una respuesta.
La llamada se cortó y Savanna se quedó mirando el teléfono, con las manos temblando y el corazón latiéndole fuerte.
—¿Crees que funcionó? —preguntó Jodie, con la esperanza y el miedo mezclándose.
—No lo sé —admitió Savanna, dejándose caer en la silla—. Pero es nuestra única esperanza.
Jodie la miró preocupada, pero no preguntó, de repente Savanna se puso de pie, ignorando el dolor en su espalda baja y la presión en su vientre.
—Ahora voy a enfrentar a Arthur. Y voy a dejarle claro que sé exactamente lo que hizo.
En la sala de juntas
Arthur se puso de pie y se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio con una agresividad apenas contenida, la miraba con desprecio, como si fuera menos que nada.
—El problema contigo, Savanna, es que crees que la justicia existe. Que el mundo es justo. Pero no lo es. Y lo peor de todo es que ahora estás sola. Sin tu esposo. Sin tu padre. Sin nadie que te respalde. ¿Qué vas a hacer? ¿Llorar? ¿Quejarte? ¿O quizás rendirte y aceptar que esto es más grande que tú?
Savanna se puso de pie también, enfrentándolo sin miedo y en segundos el aire entre ellos crepitaba con electricidad pura.
—Voy a hacer lo que siempre he hecho, Arthur. Pelear. Y voy a ganar. Por mi padre. Por los empleados. Por mi hija. Y porque tú no mereces nada de lo que mi familia construyó.
Arthur la miró un momento, con algo oscuro brillando en sus ojos. Luego se giró hacia los accionistas.
—Nos vemos en la votación, sobrina. Ahora, si me disculpan, tengo asuntos más importantes que atender.
Salió de la sala, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo y miró a Savanna por encima del hombro.
—Disfruta de la silla por unos días. Porque cuando termine esta semana... no te volverás a sentar en ella.
La puerta se cerró detrás de él, Savanna se quedó de pie, con las manos temblando y el corazón latiéndole como un tambor de guerra.
Jodie se acercó, tomándola del brazo.
—Vamos a ganar esto, Sav. Te lo prometo.
Pero Savanna no estaba tan segura.
Mientras miraba la puerta por donde Arthur había desaparecido, solo podía pensar en una cosa: ¿sería suficiente? ¿Sería suficiente su determinación contra el poder de Arthur?
No lo sabía, pero sin duda iba a averiguarlo.

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