Gabriel me acomodó las sábanas, cubriendo por completo mis hombros al descubierto, y dijo con suavidad:
—Me lo encontré afuera del edificio y lo invité a pasar un rato.
Él no tenía hermanos mayores biológicos, así que lo más seguro es que fuera su primo mayor, Dante León.
Saqué los brazos de debajo de las sábanas y rodeé su cuello.
—Ya sabes que las cosas no terminaron bien entre él y yo en el pasado, así que no saldré a saludarlo.
El escándalo de haberme tirado del edificio para obligarlo a casarse conmigo había sido enorme, y Dante me había dejado exhibida en sus redes sociales para humillarme públicamente. Por supuesto, no podía ocultárselo a Gabriel.
Al principio, Gabriel solo me consolaba como amigo. Casualmente, nos mudamos a la misma ciudad.
A partir de ahí, empezamos a vernos con frecuencia, hasta que hace más de seis meses acepté sus sentimientos y empezamos a salir formalmente.
La luz en la habitación era tenue. Yo solo llevaba puesto un camisón de seda.
Gabriel aprovechó el momento y besó mis labios.
Sus besos ardientes viajaron desde la comisura de mi boca hasta mi cuello. Una de sus manos se deslizó bajo las cobijas para rodear mi cintura, y la otra acarició mi pecho...
De repente, llamaron a la puerta.
Gabriel y yo volteamos al mismo tiempo.
La puerta no estaba cerrada del todo. Dante estaba de pie en el umbral, mirándonos con una expresión indiferente.
—¿Dónde hay agua?
Me apresuré a jalar las cobijas para cubrirme el cuerpo.
Gabriel se apartó de mí, salió de la habitación y cerró la puerta.
—En la sala hay agua embotellada.
—Solo tomo té.
—Vaya, qué exigente. Voy a poner a calentar agua, entonces.
En la oscuridad, mi celular se iluminó con un mensaje.
*Gabriel: Espérame a que lo acompañe a la puerta.*
Cerré los ojos para seguir durmiendo, pero me fue imposible.
Dos horas después, miré el reloj de mi celular. Ya era casi medianoche.
Fui por una manta y cubrí a Gabriel. Luego me dirigí a Dante:
—Si no te vas a ir por ahora, te encargo que lo cuides. Me voy a mi cuarto. Avísame cuando vayas a salir.
Dante soltó una carcajada seca.
Pero, justo cuando me di la vuelta, se levantó de golpe, me agarró de la muñeca y me jaló hacia él.
Intenté soltarme, pero tenía mucha fuerza y no pude zafarme.
Al contrario, por el forcejeo, mi suéter se resbaló de mis hombros, dejando al descubierto mi camisón de seda color piel.
Su mirada bajó lentamente de mi rostro y se detuvo en mi pecho agitado. Aún tenía marcas de besos muy evidentes en la clavícula.
Me subí la ropa rápidamente, con las mejillas ardiendo de furia hasta la punta de las orejas.
—¿Qué te pasa?
Dante bajó la cabeza y se acercó a mi oído, rozándome con su aliento caliente.
—¿Tú qué crees?

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